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Coronavirus
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Coronavirus Perspectives

¿Por qué tantos jóvenes tienen comportamientos irresponsables durante la pandemia?

Un oficial de policía busca sacar a un grupo de jpovenes de una playa durante el confinamiento en Australia. Fotografía: The Australian
Words mor.bo

A seis meses de la llegada de la pandemia del coronavirus al mundo, hay un mantra que el Director de la Organización Mundial de la Salud, el Dr. Tedros Adhanom Ghebreyesus, ha estado repitiendo durante mucho tiempo: “aunque las personas mayores corren un mayor riesgo de sufrir un grave contagio por COVID-19, las personas más jóvenes también corren riesgo. Uno de los desafíos que enfrentamos es convencer a los jóvenes de este riesgo”.

Si bien a estas alturas sabemos de memoria que debemos quedarnos en casa en la medida de lo posible, usar tapabocas, lavarnos las manos constantemente y evitar ponernos en riesgo manteniendo el distanciamiento social, lo cierto es que hasta el momento alrededor del mundo hay más de 740.000 fallecidos a causa de este nuevo virus, y más allá de las víctimas de tercera edad en países de Europa como Italia y España, las cifras muestran que alrededor del mundo hasta el momento la población más contagiada está entre los 20 y los 49 años. Pese a que muchos de ellos son asintomáticos, tienen el riesgo de esparcir el virus en sus alrededores de manera dramática, justamente por no tener síntomas y considerarse más “seguros” que el resto de la población.

El avance de COVID-19 ha desencadenado una misión de crear responsabilidad a gran escala: líderes políticos, expertos en salud e incluso celebridades, vecinos y seres queridos nos han pedido a todos que actuemos de forma responsable para frenar la propagación del virus y reducir al mínimo los efectos perjudiciales de la pandemia. Y aunque muchas personas siguen los consejos y se quedaron en casa, los que no lo hicieron fueron suficientes para causar alarma, y ahora muchos lugares se encuentran pasando por una segunda ola del virus.

El comportamiento imprudente y egoísta que se ha visto en todo el mundo desde Florida a Hong Kong ha provocado la ira de las personas más responsables. ¿Por qué algunos eluden su responsabilidad en estos tiempos difíciles? ¿Por qué son justamente las personas más jóvenes las que parecen hacer menos caso a las advertencias de salud sanitaria? ¿Por qué son más arriesgados? ¿Por qué toman decisiones que después pueden lamentar al verse contagiados con COVID-19?

Comunicación conflictiva

Al inicio de la pandemia, las autoridades indicaron que no había necesidad de hacer fiestas, de almacenar artículos de primera necesidad, las compras por pánico y la fuga a las zonas rurales. Como consumidores se nos dijo que no había necesidad de entrar en pánico siempre y cuando mantuviéramos la distancia y nos laváramos las manos para que el flujo de la vida y los bienes necesarios para mantenerla continuara prácticamente intacta y sin afectar a toda la población. Esto sin hablar de cómo se inculcó el hecho de que la población más vulnerable al virus eran los mayores de 60 años, y aquellos con condiciones de salud que pudieran hacerlos más vulnerables. Así, muchos jóvenes decidieron que eran poco propensos a contagiarse y se tomaron la indicación de no entrar en pánico demasiado al pie de la letra.

Ignorancia

Para quienes hemos seguido la evolución de la enfermedad desde el año pasado en China, es imposible no saber cómo esta ha venido avanzando. Sin embargo, puede ser fácil olvidar que muchos de nuestros conciudadanos simplemente no siguen las noticias con la misma regularidad, o sintonizan programas de radio y cadenas de televisión que, vergonzosamente, pueden haber estado minimizando el alcance de la emergencia de salud pública. Alternativamente, los influencers que siguen en Instagram pueden darles la idea de aque hay que seguir con la vida y salir de fiesta: así, hay gente que termina amontonada en restaurantes, pubs, playas o se reúne en grandes grupos. Pueden simplemente no darse cuenta de la gravedad de la pandemia.

Egoísmo

Otra explicación tiene que ver con el egoísmo. Salir de casa por razones triviales (pese a las indicaciones de las autoridades) es un riesgo real para aquellos que probablemente terminarán muriendo si contraen la enfermedad. Aunque el coronavirus mata a algunos jóvenes, datos preliminares sugieren que, en promedio, están menos afectados por él. Para los que tienen muchas más probabilidades de sobrevivir, es desde una perspectiva puramente egoísta, poco irracional arriesgarse a tales encuentros sociales. Al final, pueden recuperarse rápido, ¿no?

Hay que ver para creer

En un artículo recientemente publicado en The Atlantic, el graduado en ciencias políticas Yascha Mounk plantea cómo muchos pueden ver la pandemia: con un escepticismo que se relaciona con no haber visto la desgracia lo suficientemente cerca como para moverlos física, emocional y empáticamente. “El filósofo Peter Singer presentó un simple experimento de pensamiento en un famoso periódico. Si vas a dar un paseo por un parque y ves a una niña ahogándose en un estanque, es probable que sientas que debes ayudarla, aunque puedas arruinar tu elegante camisa. La mayoría de la gente reconoce la obligación moral de ayudar a otro a un costo relativamente bajo para ellos mismos. “Entonces Singer imaginó un escenario diferente. ¿Y si una niña estuviera en peligro mortal al otro lado del mundo, y pudieras salvarla donando la misma cantidad de dinero que se necesitaría para comprar esa camisa de lujo? La obligación moral de ayudar, argumentaba, sería la misma: La vida de la chica lejana es igual de importante, y el coste para ti igual de pequeño. Y aún así, la mayoría de la gente no sentiría la misma obligación de intervenir”.

Lo mismo podría aplicarse en la época de COVID-19. Aquellos que se niegan a quedarse en casa pueden no conocer a las víctimas de sus acciones, aunque estén geográficamente cerca, y puede que nunca se enteren de las terribles consecuencias de lo que hicieron. La distancia los hace injustificadamente insensibles.

El cerebro adolescente y joven es diferente

The Wall Street Journal recientemente publicó un artículo que habla de cómo los cerebros adolescentes funcionan diferente al adulto: aunque estemos en una pandemia, el impulso entre los adolescentes y adultos de socializar con otras personas de su edad es un “mandato neurobiológico” propio de sus edades, de acuerdo con expertos, pues socializando y buscando nuevas experiencias es como forjan sus identidades. “Explorar es un mandato neurobiológico”, dice Judith G. Edersheim, codirectora fundadora del Hospital Massachusetts y profesora adjunta de psiquiatría en la Facultad de Medicina de Harvard. Edersheim dice que los hábitos cuestionables de muchos jóvenes inquietos son a veces inevitables. “Están programados para ser así. Cuando los jóvenes nacen, sus cerebros no están absolutamente formados y estas experiencias formadoras de vínculos son vitales para su vida adulta, aunque esto represente un riesgo”.

Falta de dopamina

Otra de las explicaciones científicas frente a este comportamiento irresponsable es que los rangos de dopamina alcanzan un peak histórico entre los 16 y los 26 años. La dopamina ayuda a la motivación y a las acciones orientadas a la recompensa, lo que lleva a muchos jóvenes a una rápida gratificación… lo que puede resultar en elecciones peligrosas. La motivación está influenciada por recompensas como la novedad, las emociones y la presencia de amigos. Debido a esto, algo que satisface muchas necesidades de recompensa en el cerebro es la oportunidad de asistir a una reunión con amigos que probablemente será vista por los demás en redes sociales, aunque esto sea visto como irresponsable.

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