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Perspectives

Esta mujer afgana fue encarcelada por matar a su esposo abusivo; ahora, está libre gracias al COVID-19

Foroozan. Fotografía: Kiana Hayeri/The New York Times
Words mor.bo

Una de las prácticas más generalizadas en los últimos meses en diferentes países del mundo gracias a la pandemia, ha sido la liberación de personas presas de baja peligrosidad, para evitar que el hacinamiento en las cárceles se vuelva un caldo de cultivo del coronavirus. Detrás de cada una de esas liberaciones hay una historia, y hoy destacamos gracias a The New York Times la de una mujer afgana llamada Foroozan, quien se enfrentaba a una condena de una década tras asesinar a su marido luego de 15 años de violencia doméstica.

Cuando Foroozan era una adolescente cursando el décimo grado en Afganistán, su familia decidió que iba a casarse con un hombre 25 años mayor que ella. La diferencia de edad fue un shock para ella, pero lo que nunca se esperó fue tener que soportar más de 15 años de abuso físico y verbal. Pero una mañana, su esposo encontró un nuevo blanco de su violencia: una de sus dos hijas, y Foroozan, cegada por el terror y la ira, decidió que ya había sido suficiente. Tomó una pala y golpeó a su marido repetidamente con la cuchilla hasta que murió.

Cuando se entregó a la policía, su hijo de 12 años, Maqsood, se adelantó diciendo que había ayudado a su madre en el asesinato: Foroozan fue acusada y declarada culpable de asesinato, y condenada a 10 años de prisión. Su hijo fue enviado a un centro de rehabilitación juvenil durante dos años y medio; y sus hermanas, Mozhdah y Mahtab, de 9 y 7 años en ese momento, fueron enviadas a un refugio.

Desde ese momento, Foroozan estuvo reclusa en la Prisión de Mujeres de Herat (localizada al oeste del país), especializada en encarcelar a quienes mataban a sus esposos: el reporte dice que muchas de ellas habían mantenido relaciones abusivas, hasta que el instinto de sobrevivir o de proteger a sus hijos las llevó a matar a sus abusadores, y terminaron en la cárcel con largas condenas con pocas posibilidades de una pronta liberación.

Muchas de las reclusas se sienten más seguras en el recinto que afuera con sus familias: dentro de la prisión, Foroozan pudo ganar un poco de dinero cosiendo vestidos y reparando ropa para guardias y otras internas, pero la llegada del coronavirus puso todo de cabeza cuando el presidente Ashraf Ghani ordenó la liberación de miles de presos (en su mayoría mujeres, jóvenes y enfermos) para evitar la propagación del virus.

Todo parecía perfecto: un grupo de reclusos habían empacado sus pertenencias y estaban listos para volver a casa cuando Aalia Azizi, la directora de la prisión, dio a las demás mujeres una devastadora noticia: “Nadie más se va a casa hoy, huno un error”. No sabía cuál, pero tenía instrucciones de no liberar a nadie más, lo que generó un caos al día siguiente: un grupo de presos intentaron romper la puerta de entrada y destrozar las ventanas; quemaron un patio de recreo infantil; hubo heridos, huelgas de hambre, intentos de suicidio, y algunos tragaron cristales como protesta para ser liberados.

Al final, se les dio una opción: comprar el resto de su sentencia con la aprobación de la oficina del fiscal, y Foroozan, desesperada por reunirse con sus hijos, pidió prestado a su familia unos USD $ 1.000 para salir el pasado 11 de mayo. “Gracias al coronavirus, se me ha dado una segunda oportunidad de vivir. Salir de la prisión pronto y empezar una nueva vida con mis hijas a mi lado”.

Sin embargo, una vez afuera, se encontró con la ironía de que la libertad que tanto buscaba le había traído una nueva serie de problemas: en la cárcel, solo quería salir, pero ahora, con la crisis del COVID-19, la localidad de Herat está afectada económicamente, dejando a millones de personas sin trabajo. Conseguir empleo es difícil, y la realidad de ser mujer en un Afganistán dominado por los hombres es un peso que se cierne sobre su vida cotidiana.

Foroozan y sus hijas están juntas de nuevo, pero Maqsood está en Alemania luego de que su madre le pagara a un contrabandista para que lo llevara al país a los 14 años apenas fue liberado del centro juvenil. En enero, su solicitud de asilo fue rechazada por las autoridades alemanas, y aunque su está apelando el caso, podría ser deportado a Afganistán cuando cumpla 18 años en los próximos meses.

El reporte cuenta que aunque libre, Foroozan se encuentra a menudo aturdida, perdida en sus pensamientos llenos de incertidumbre: la familia de su esposo la han amenazado de muerte en repetidas oportunidades, y siente que tanto su vida como la de sus hijas corre peligro en un país regido por una sociedad patriarcal en plena pandemia. Ahora está en una nueva encrucijada, y su futuro es incierto: “Dentro de la prisión tenía un problema. Ahora aquí fuera, tengo mil”.

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