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Cuando Diego Zangirolami me llamó hace unas semanas para contarme que dejaba Santiago a fines de abril, me dijo: “me voy de Chile porque ya es tiempo de buscar nuevas aventuras, hacia el norte de Europa, probablemente a Hamburgo”. Con esta frase terminé de entender cómo es este personaje que conozco hace varios años, un aventurero.

Fotografía por Dano Mozó

Fotografía por Dano Mozó

Y justamente es así como podría describir cada uno de sus cuadros: una aventura, que se va narrando a medida que se descubren los detalles preconcebidos por una mente creativa, plasmados en un obras pictóricas de témpera sobre trupán, en miniformatos donde ni siquiera una lupa basta para terminar de comprender la complejidad de sus temáticas. Sus obras son una enmarañada red, un cruce de información de los polos más extremos del gabinete de sus recuerdos, donde existen referencias a tiempos, lugares, sueños y personas, que cuando los sincroniza en una composición, arman una imagen digna de un discípulo del Bosco, que por cierto le hubiese encantado haberlo sido.

Conozco la obra de Diego desde que estaba armando su primera serie Der Prozess (analogía al título de la novela homónima de Kafka) que tiene un gran imaginario arquitectónico de iglesias y silos con reminiscencias clásicas, y me ha estado enseñado como es su proceso creativo: Primero un croquis a lápiz donde organiza las ideas que durante un tiempo le han sido recurrentes, luego arma un collage digital como boceto, para lograr la composición en base a las proporciones y perspectivas que quiere otorgar. Y finalmente traspasa este boceto mediante cuadrícula al soporte final, donde existen pequeños cambios asociados a pequeñas revelaciones del momento. Sin embargo, tras reunirnos a conversar esta vez para armar este artículo, pude descubrir los pretextos que hay detrás de este Pintor/Arquitecto italiano para llegar a lo que está ahora.

Zangirolami tiene un estricto protocolo de trabajo vinculado a una necesidad de información que ha desarrollado a lo largo de su vida. Está constantemente visitando exposiciones, obras de teatro, ve por lo menos cinco películas a la semana, siempre está leyendo un libro, se está enterando de noticias nuevas y antiguas, y en cierto momento estos datos coagulan, como la sangre, en una idea que se transforma en una imagen. Más que una ansiedad, le provoca una urgencia de comunicar. Por esta razón decidió crear una serie de cuadros en lugar de una obra única, a las que él llama derivadas. Cada obra está relacionada con la de al lado porque es un trozo de ésta, o porque es el mismo paisaje pero con otro ángulo, o porque es el interior de algo que en otro era exterior. Yo me imagino un juego de espejos, donde haces llegar un haz de luz al primero que se refleja en los siguiente para iluminar un recinto completo.

Fotografía por Dano Mozó

Fotografía por Dano Mozó

A punto de cumplir 32 años, reconoce que recién está apareciendo el niño que fue en su natal Torino, ese que partía de los detalles, el que dibujaba escenas de soldados, panoramas subterráneos que se convertían en paisajes secretos y terminaba generando batallas, donde las navales eran sus preferidas y así iba modificando la estructura del inocente relato. Incluso me confiesa que ha descubierto recuerdos que aparecieron de antes de aprender a hablar italiano, como la imagen de una señora con una nube en la cabeza, en un ambiente metálico y de agua que le daba un caramelo que aún existe, y resultó se la prima de su abuelo, Angela, que murió cuando tenía un año. Asimismo recuerda el Jupiter de Mozart de cuando lo tocaban en su casa siendo un bebé. El concepto de recuerdo es una constante fundamental.

A los once años, cuando murió su abuelo, decidió que llevaría una vida sana y que no haría nada que pudiera dañar su salud, porque quería vivir hasta los 120 años. Y aquí quiero citar el prefacio de la publicación de las “Cien vistas del Monte Fuji” de Hokusai, porque de cierta forma se ha convertido en la filosofía de vida que hay detrás de esto, y que por supuesto que algo de él hay en su obra:

“a la edad de cinco años tenía la manía de hacer trazos de las cosas. A la edad de 50 había producido un gran número de dibujos, con todo, ninguno tenía un verdadero mérito hasta la edad de 70 años. A los 73 finalmente aprendí algo sobre la verdadera forma de las cosas, pájaros, animales, insectos, peces, las hierbas o los árboles. Por lo tanto a la edad de 80 años habré hecho un cierto progreso, a los 90 habré penetrado más en la esencia del arte. A los 100 habré llegado finalmente a un nivel excepcional y a los 110, cada punto y cada línea de mis dibujos, poseerán vida propia.”
— Hokusai

Tras años de aprendizaje autodidacta y riguroso, Diego recién se autoproclama un Pintor, no así un artista, y ahí convenimos en que el primero es el oficio y el segundo es el brillo. Hoy es su pareja y sus padres los únicos filtros por los que se puede cernir su obra, y está completamente consciente de la responsabilidad que conlleva exponer su discurso, porque con su trabajo, lo que busca es plantear preguntas y no respuestas. Es así como aparecen símbolos que tienen que ver con imaginarios arquitectónicos o personajes históricos controversiales como Hitler, o el pequeño hombrecito azul que de poco empieza a acercarse al primer plano. Así se quiere mantener, siempre con empatía con el espectador, para consolidar una carrera definitiva en torno a la pintura.

Fotografía por Dano Mozó

Fotografía por Dano Mozó

Hoy está trabajando en sus series Stanze, Olimpo, Islas y Los Prados, y está preparando su exposición en la próxima versión de la feria de Arte Contemporáneo FAXII en Santiago. También está armando su proyecto de Gillettes en Lima, pensando en una posible visita a México, y al mismo tiempo armando las maletas para esta nueva aventura que les contaba al principio, en Alemania, aunque tiene clarísimo que lo que aprendió de Chile lo mantendrá atado con este país para siempre, tras un difícil comienzo pero con un revelador desenlace.

* El correcto resultado para el proceso creativo se da mediante la sinergia entre normas y azar, donde lo primero otorga una estructura y lo segundo le da vida. En este caso, mi regla es utilizar siempre un objetivo de 50 mm (f1.4), y sus respectivas distancias y focos que este permite.

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