Esta semana, un juez enfrentado a una batalla de custodia moderna tuvo que tomar la difícil decisión de que una mujer transgénero no podrá tener ningún contacto físico, oral o electrónico con sus cinco hijos, sobre la base de que serían rechazados por su comunidad judía ultraortodoxa si se les permitía verlos.

La mujer británica, que es el padre biológico de los niños, estará limitada a escribir cartas cuatro veces al año, y ya que ella y sus hijos practican el judaísmo ortodoxo, la corte sugirió que lo hiciera en tres fiestas religiosas: Pesaj (que cae en la primavera), Sukkot (día santo del otoño) y Hanukkah (que se celebra en nvierno), así como en los cumpleaños de cada pequeño.

La afectada había buscado una orden de la corte para que “fuese sensiblemente reintroducida a los niños, a los que se les debería ayudar a entender su nuevo modo de vida”, algo que había estado tratando de conseguir desde que se fue del hogar en el año 2015, tras 15 años de matrimonio.

El juez concluyó con tristeza en la sentencia que las probabilidades estaban a favor de que los niños y su madre fueran marginados o excluidos por la comunidad ultra-ortodoxa si se le otorgaba a la mujer el permiso de ver a niños cara a cara, ya que gracias a declaraciones de la ex esposa, se confirmó que que su ex marido ya había sido “severamente condenado al ostracismo” después de dejarla a ella ya su familia, y como consecuencia estaba preocupada de que sus hijos sufrieran.

Al entregar su decisión, el juez dijo lo siguiente:

“No veo ninguna manera en la que los niños puedan escapar de la reacción de los adultos al verlos disfrutando de una relación ordinaria con su padre. En definitiva, el abismo entre estos padres — la madre dentro de la comunidad ultraortodoxa y el padre como transgénero — es demasiado amplio como para que los niños puedan tender un puente. Este resultado no es una derrota con respecto a los derechos de los transgéneros, y menos aún un triunfo para la comunidad ortodoxa, sino una que respeta los derechos de los niños a tener el resultado menos perjudicial en una situación ajena a ellos.”

La mujer trans, a la que la sentencia sólo identifica como “J” para proteger la intimidad de sus hijos, creció en una comunidad jaredí del norte de Manchester. Se trata de una rama del judaísmo ultraortodoxo en la que la ley judía rige muchos aspectos de la vida diaria: hablan yiddish y viven en comunidades muy cerradas donde no está permitido el acceso a la televisión ni a Internet, los hombres llevan trajes oscuros y sombreros negros, y llevan barbas largas y los característicos peyot, mechones largos que caen a los lados de la cabeza. Las mujeres con faldas largas, y el pelo cubierto, igual que las piernas y los brazos.

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