Desde la llegada del Papa Francisco en el 2013, sus declaraciones han sido vistas como un valiente intento de liberalizar el Vaticano para el siglo 21: es anticonsumista, ecologista y defensor de los refugiados, y aunque para muchos sigue siendo más de lo mismo, no se puede negar que al menos ha sido bueno para la imagen de la Iglesia Católica hasta cierto punto. En la serie The Young Pope del director italiano Paolo Sorrentino, se invierte ese reciente giro de la Iglesia hacia la inclusividad y el compromiso social, sustituyendo el progresismo por una versión apocalíptica del catolicismo doctrinario.

Su pontificado ficticio, interpretado por Jude Law, es el anti-Francisco, un conservador que sirve bajo el nombre apropiadamente austero de Pío XIII. Como muestra un botón: la serie abre con un sueño en el que el nuevo Papa se celebra la masturbación, los anticonceptivos y el matrimonio homosexual bajo el sol en la plaza de San Pedro; pero cuando se despierta, sólo tiene una cosa que decir:

“¡Cosas absurdas!”

The Young Pope es una de las nuevas series más sonadas de la temporada. En ella Law es agresivo y socialmente incómodo, lleno de energía nerviosa. Desayuna con refresco de cereza , fuma sin parar y su italiano es pobre. Paralizado por la paranoia, evita relacionarse con la ambición que le rodea, y sólo el cardenal Voiello, intelectual y pragmático, se atreve a confrontarlo para salvar a la Iglesia detrás de un disfraz bien ensayado de devoción.

El drama sigue el intento de Voiello de sabotear la caza de brujas homosexual de Pío, se estructura en torno a una serie de oposiciones: italiano versus norteamericano, liberal versus conservador, historia versus tecnología, sueños versus realidad. La mirada devota de los peregrinos se entremezcla con los ojos cansados y los bostezos de los periodistas mientras que las monjas juegan al fútbol y los viejos vestidos con túnicas carmesí tocan frenéticamente sus iPads.

El resultado es una meditación reflexiva sobre la maleabilidad de los símbolos en la era de las redes sociales y, como sugiere el título, la dificultad de la comunicación entre generaciones. ¿Cómo puede una institución que piensa en siglos comunicarse con los jóvenes de hoy, que devoran la información en microsegundos y que aparentemente no tienen capacidad de memoria? La respuesta, está en el misterio, pues el nuevo Papa se niega a mostrar el rostro a los medios o a sus seguidores, convirtiéndose en nadie, y en todos.

En este juego de poder religioso, descubrimos que cuando fue un niño huérfano, el Papa Pío no creía en Dios en una revelación inesperada que cambia al personaje que vemos por completo, y hace que comprendamos su carácter severo. A medida que avanza la serie, crecen los momentos de seducción y de empatía… y una crisis de fe que le dan profundidad a un personaje sumergido en una sátira institucional, y que convierten esta serie de Sorrentino uno de los ofrecimientos más interesantes del año.

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