Hay que reconocer el elefante rosado en la sala antes de comenzar a leer esta nota. Estos premios Oscar 2016 están llenos de controversia.

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No ha escapado de ninguna noticia que, al parecer, la Academia es cada día más racista, más excluyente, más #OscarsSoWhite. Bien sea porque no hay un solo actor negro entre los 20 nominados de este año (o del año pasado), o porque excluyeron de la nominación más importante de la noche a una película sobre un romance entre dos mujeres (Carol), la verdad es que el público está molesto.

La inconformidad con las nominaciones al Oscar no es un tema nuevo. Cada año se presenta de todas las formas y tamaños posibles: sobre actores excluidos (Idris Elba por Beasts of No Nation), películas ignoradas (The Lobster, Tangerine), problemas con las casas productoras, premios entregados por mucho poder adquisitivo y géneros saltados olímpicamente.

A estas alturas del partido, después 87 años entregando la estatuilla, lo interesante sería preguntarse por qué la exclusión sigue sucediendo. O más bien, ¿Por qué seguimos asumiendo que el Oscar es la máxima referencia del cine mundial, si no permite la diversidad en tantas películas?

Idris Elba en Beasts of No Nation (2015)

Idris Elba en Beasts of No Nation (2015)

Apartando cualquier romanticismo sobre lo hermosas que son las películas y lo mucho que enaltecen el arte, el cine es un negocio. La razón por la que sigue existiendo una industria de cine estadounidense tan poderosa es porque genera millones y millones de dólares al día. Por supuesto, hay películas extraordinarias que han sido producidas con ese enorme capital económico (The Dark Knight) e historias que han quedado grabadas en la memoria del mundo entero a través de los años (Forrest Gump), pero al final del día, todo lo que sucede en Hollywood responde a un sistema muy estructurado que asegura la supervivencia del entretenimiento de la población estadounidense, y por consecuencia, del mundo.

El sistema se traduce en producir películas que: respondan a una inquietud común de las personas (problemas sociales: Crash, The Hurt Locker), que toquen la fibra emocional (biopics de personajes queridos: The Theory of Everything), que generen un héroe con el que todos se puedan sentir identificados (dramas de superación: American Sniper, The Blind Side), que causen añoranza y amor (romances: Ghost, Titanic), que hagan reír hasta más no poder (comedias: As Good As It Gets), que aterroricen a media población mundial (terror: Nightmare on Elm Street) y que exploren mundos nuevos con poderes de otro planeta (fantasía y ciencia ficción: Hugo, Super 8).

Colin Farrell y Rachel Weisz en The Lobster (2015)

Colin Farrell y Rachel Weisz en The Lobster (2015)

Visto de esa manera no parece tan ofensivo. El problema comienza cuando solo las cuatro primeras categorías son tomadas en cuenta como principales en los premios Oscar. La Academia, como una organización de más de 6.000 miembros, se asegura de nominar año tras año las películas que responden a la influencia directa de las casas productoras más importantes de Estados Unidos e Inglaterra, y el problema no solo está en que hay un enorme déficit de actores negros o latinos en las votaciones, sino que también dejan por fuera una vasta cantidad de películas extranjeras, de ciencia ficción, independientes, de fantasía, de terror, de comedia, y… Dios los libre, de superhéroes. Y si llegan a lograr alguna nominación siempre es en categorías menores. Entonces, ¿es justo que se siga asegurando la supremacía del Oscar en el cine mundial? ¿Siquiera representa el cine mundial?

Por supuesto, hay excepciones. Películas como Little Miss Sunshine, Lost in Translation, Juno, La Vida es Bella, Amour y Beasts of the Southern Wild han roto el molde que limitaba las nominaciones en sus años. Pero no son las excepciones las que dirigen la corriente que influye en la producción de nuevas películas. Hollywood controla el cine de maneras en que los muchachos recién graduados de Audiovisuales sienten que si no hacen una película como Michael Bay, no son nadie; o que una desgarradora historia de amor solo es atractiva si la protagonizan dos guapos actores blancos… De manera en que una película de horror con asombrosos efectos especiales no es considerada “seria”, o que el guión de comedia con los chistes más inteligentes no puede obtener una A en las críticas exigentes.

Kiersey Clemons, Shameik Moore y Toni Revolori en Dope (2015)

Kiersey Clemons, Shameik Moore y Toni Revolori en Dope (2015)

Los premios de La Academia no son la máxima representación del cine porque hay mucho –muchísimo- cine que ignora. A través de los años, el mundo se ha dejado maravillar por la noche en que se unen las estrellas a recibir sus premios (muchos totalmente merecidos, otros por pura estadística), y cada año, la expectativa en todos los países es “¿Quién ganará para ser el mejor del mundo ahora?” “¿Qué película será mi próxima favorita?” “¿Cuándo el cine de mi país se va a ver así?”

Poco a poco, el público medio alrededor del mundo ha ido olvidando que en cada país el cine es distinto y en todas partes hay que contar las historias propias. Mientras que La Academia responde a los intereses y necesidades de cierta población de Estados Unidos o de Europa, y del resultado de meses de negociaciones, hay toda una red cinematográfica mundial que apoya al resto de películas que no son valoradas con la estatuilla tan preciada. Festivales de cine como los de Venecia, Berlín, Cannes, Moscú, Shangai, San Sebastián, La Habana y Mar del Plata realzan las películas más importantes hechas en cada uno de sus continentes. Premios como los BAFTA (Reino Unido), los César (Francia) y los Goya (España) son tan respetados en sus países como los Oscar. Actores negros, latinos, indios, europeos, africanos, todos se encuentran a través del año en los eventos que reconocen sus habilidades. Creadores que no están atados a casas productoras gigantes logran contar sus historias. Las nuevas visiones sobre temas recurrentes, o temas totalmente halados por los pelos, tienen espacio para desarrollarse.

Elisabeth Moss en Queen of Earth (2015)

Elisabeth Moss en Queen of Earth (2015)

El cine mundial es extenso, se enriquece culturalmente más cada año y seguirá tomando fuerza a medida que reciba el reconocimiento no solo de su público meta, sino de un mundo que le preste atención porque lo merece, que pague la entrada para verlo en la pantalla grande.

El Oscar nunca dejará de ser una muestra de grandes películas, y cada año tendrá en sus nominaciones un tesoro que pase a la historia del cine por siempre, pero si se quiere hablar de inclusión y de igualdad hay que comenzar a voltear la vista hacia otros horizontes. Si cambia el público, cambia el mercado. Si cambia el mercado, cambian los intereses. Si cambian los intereses, poco a poco aparecerán más guiones con protagonistas femeninas, con papeles importantes y fuertes para actores negros, para latinos, para asiáticos, para transexuales, para todas las personas talentosas que solo enriquecerían el futuro del cine porque tienen la misma capacidad que los que son nominados una y otra vez, pero sin la promoción.

Porque como dijo Viola Davis en su discurso de aceptación como Mejor Actriz de drama para una serie de televisión en los premios Emmy de 2015: “Lo único que separa a una mujer de color de cualquier otra es la oportunidad. No puedes ganar un Emmy por papeles que no existen”.

El verdadero espectáculo comenzará cuando todos entendamos sus palabras. Por el momento, están ahí y ya nadie las puede borrar.

Neil Brown Jr., Aldis Hodge, Corey Hawkins, Jason Mitchell y O’Shea Jackson Jr. en Straight Outta Compton (2015)

Neil Brown Jr., Aldis Hodge, Corey Hawkins, Jason Mitchell y O’Shea Jackson Jr. en Straight Outta Compton (2015)

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