En 1998, Moby se estaba preparado para hacer el último álbum de su carrera.

Pese a ser conocido en Nueva York como una de las figuras más destacadas de la escena electrónica dance con cierto nivel de éxito crítico y comercial, luego del lanzamiento de su disco Animal Rights de 1996 en el que volvió a las raíces punk y guitarreras de su adolescencia, el músico recibía insultos y objetos en el escenario cada vez que abría para la gira de Soundgarden. Sus propios shows tenían apenas 50 personas en el público, pero gracias a tres grandes fanáticos (Terrence Trent D’Arby, Axl Rose y Bono), decidió hacer una última producción discográfica con un nombre sencillo: Play.

Con sampleos de canciones de blues y bluegrass extraídas de una compilación de Alan Lomax que reunía en un solo álbum la historia de la música del delta del Mississippi  y de las profundidades del sur estadounidense, Moby incorporó las de artistas como Boy Blue, Vera Hall, Bill Landford and The Landforairs, Spoony Gee and The Tracherous Tree y Bessie Jones, quien suena en un bucle infinito e inolvidable de cuatro versos en Honey.

Luego de grabar el álbum, ninguna disquera lo quería: Sony, RCA y Warner Brothers pasaron de largo, y cuando el sello independiente V2 le dio el voto de confianza, los periodistas musicales se burlaban del álbum, y decían que ni se iban a molestar en escucharlo. De acuerdo con el manager del artista, Eric Härle, la meta era vender 250.000 copias, la misma cantidad de discos vendidos por Moby con Everything Is Wrong.

Al final, Play logró vender alrededor de 12 millones alrededor del mundo: de 6.000 copias vendidas en su primera semana, el álbum casi un año después estaba logrando números de 150.000 ejemplares a la semana, gracias a una impresionante lista de nueve sencillos que lograron ser un hit, algo jamás visto en un álbum de música electrónica. Llegó un momento en el que el disco se volvió inevitable: se arraigó de tal manera en la cultura pop que podíamos escucharlo en comerciales, en películas como The Beach de Danny Boyle o en capítulos de The X-Files.

El motivo era muy sencillo: la licencia de las canciones del álbum fueron cedidas a muchos comerciales, porque era la única estrategia de marketing que tenía el álbum en un principio. Era demasiado extraño para el mainstream y la radio Top 40, y de alguna manera, había que hacer que la gente se conectara con los temas. La táctica fue todo un éxito.

Play fue nominado a un Grammy, a un Brit Award, fue el álbum independiente más vendido del año 2000, certificado como platino en más de 20 países y además es uno de los 500 Mejores Álbumes de Todos Los Tiempos para la revista Rolling Stone. Grandes logros para un disco que nadie quería en un principio, pero su legado va más allá de las cifras: Moby logró hacer una producción que desafió los límites de lo comercial y haciéndose parte de nuestro inconsciente con beats sutiles y emociones entretejidas en una electrónica arraigada en sampleos orgánicos.

Las texturas y las melodías en Play son tan placenteras, que parece casi imposible de creer que cada una de estas canciones tenía un sonido prácticamente anónimo para nuestros oídos, y es quizás por ello que su sonido caló tan fuerte en todos nosotros cuando fue lanzado. No entraba en etiquetas alternativas ni sonaba a lo que los 90 nos había dejado: eran 18 canciones cristalinas que en una mezcla inesperada de géneros se sentía bajo la piel.

Ya han pasado 18 años desde el lanzamiento de Play, y al escuchar los temas de Moby aún podemos creer que una laptop puede tener alma, y que el espíritu rave de los años 90 siempre tendrá cabida en nuestras playlists en su mejor versión pop, esa que suena a soul y belleza en tres minutos perfectos.

 

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