Es fácil reconocer el importante lugar de la nostalgia en nuestra cultura. En el libre mercado avanzado que vivimos, todo parece ser reducido a una mercancía: y esa mercancía ya está anticuada y de la generación pasada. La tecnología, los celulares, pero también los chicos y los afectos. No basta con ser sexy, divertida, ahora también se debe tener seguidores en redes y ser influencer. Caducidad programada. Lo más fácil es subir una selfie coqueta a la salida de la ducha, que revele un poco más que de costumbre. En esta vorágine informática, cada contacto es fuente potencial de ansiedad y de miedo. En Santiago, la gente viaja pegada la una de la otra en la hora punta del metro, pero hay una abismo entre cada cual. ¿Cómo sentir que uno no es prescindible, obsoleta? ¿Cómo sentir algo perenne? Sólo queda mirar hacia atrás, hacia una infancia donde la alegría prometida por la democracia se vio obnubilada por el color baquelita del consumo y de la parrilla programática del canal Mega.

Pablo “El Miedo” Valdovinos es un artista visual que ya es bastante reconocido en el mundo del tatuaje. Entre sus bastidores de neones y pasteles, entremezcla la iconografía de la cultura popular japonesa y la chilena; el animé, el manga y todo tipo de fandoms otaku intercalados por Pedro Lemebel, la Garra Blanca o Condorito; todos estos imaginarios inundan sus composiciones maximalistas y adorables. Hace un tiempo que vengo indagando y escribiendo sobre una nueva escena artística, la cual he llamado escena neo-orientalista o “escena ketamina”.

Fotografía: Pablo "El Miedo" Valdovinos

Fotografía: Pablo “El Miedo” Valdovinos

Se trata de un grupo de artistas jóvenes quienes vivieron su infancia con el influjo de la animación japonesa en los años noventas, y que pasaron por un 2006 cargado de agitación social y sexual en la esfera pública del país. Sin duda que el trabajo de El Miedo es ilustre de este proceso, en cuanto su estética nostálgica reflexiona la condición de la mercancía, el fetichismo y cuestiona las etiquetas sexo-genéricas que van asociadas con varias de las imágenes de las franquicias populares de Japón y los fanatismos que suscitan en Latinoamérica. Inspirado en la canción homónima de Charly García, El Miedo se prepara para mostrar la serie El Karma de vivir al Sur en la Galería Cima, un espacio emergente en plena Plaza Italia ― centro neurálgico de la metrópolis ― en una azotea con una vista impresionante y futurista de la ciudad.

Si bien esta pregunta va a sonar tonta, ¿cómo influencia el manga y el animé a tu obra? ¿Cuándo entraste en contacto con estos medios y de qué manera te marcaron? ¿Cuáles son tus franquicias favoritas?

Chile en los años 80-90 era un lugar bastante aburrido, sobre todo para un niño de La Florida. Mis únicas posesiones importantes fueron un pequeño televisor Sony y mi abuela, por lo tanto mi mundo giraba entre lo cotidiano y lo fantástico que veía en los programas, la mayoría en ese momento de origen japonés.

Nunca me consideré un fanático, un otaku, sino más bien, alguien que apreciaba este “regalo” que nos daban los canales de televisión, o al menos eso pensaba en mi infancia.

Para mí el animé y la cultura japonesa eran el escape de vivir en un país tercermundista, recién salido de la dictadura. Me ofrecía un mundo nuevo, estilizado y con muchos valores y enseñanzas. Fue fácil caer en ese círculo embriagador de fantasía y heroísmo, pero no era un heroísmo militar, era cotidiano. Te daba la oportunidad de ser el capitán de un equipo de fútbol (Supercampeones) y no un halcón galáctico con gorra texana. Trataba de conseguir todo el material posible que pudiera sobre manga y animé, que eran básicamente películas piratas en VHS y fotocopias de segmentos de mangas. Mis favoritos eran simplemente todos a los que pudiera acceder, desde Candy Candy, Capitán Futuro, Conan el niño del futuro, Ranma 1/2, Sailor Moon. Bueno, y luego vino Akira

El impacto que causó en mí esta obra jamás fue superado por ninguna otra. A pesar de no entender su contenido completamente a la edad de 11 años, me hizo entender que el futuro apocalíptico que ahí se presenta es hoy. Y eso es precisamente lo que intento mostrar en mi obra. Lo que tú crees que es un futuro siniestro, es hoy, disfrazado de smartphone, pero es a la vez, lo único que puede salvarnos.

Fotografía: Pablo "El Miedo" Valdovinos

Fotografía: Pablo “El Miedo” Valdovinos

Cuéntame un poco sobre la experiencia que tuviste exponiendo tu obra en Japón. ¿Se trataba acaso de alguna feria de arte? ¿Acaso la cultura niponesa cumplió con las expectativas o nociones que tenías de ella, o la sentiste distinta?

Respecto a mi experiencia exponiendo en Japón fue algo agridulce. Era mi segunda vez en Tokio (la primera fue deslumbrante y reveladora), y necesitaba saber la opinión de la cultura que influenció gran parte de mi trabajo artístico. Postulé a la selección curatorial de la Feria Internacional de Arte de Tokio y fui seleccionado en menos de un día. Me sentí inmensamente feliz por la oportunidad. Pero al pasar los meses, a pesar del arduo trabajo que realizaba todos los días y todas las noches (yo tengo un trabajo regular durante la semana y solo pinto en la noche y los fines de semana) comencé a encontrarme con trabas de tipo económicas y burocráticas. Muchos impuestos, trámites, certificados de importación y permisos en la cámara de comercio, ya que enviar casi 20 obras a Japón no es tan fácil como lo dice el tratado de libre comercio, que beneficia obviamente a quien compra autos y vende minerales, pero no a quien quiere mostrar algo más intangible, más sensible. Para que hablar del sistema de aduanas, que además estaba en paro indefinido, y que no tenían la capacidad “técnica” para comunicarse con los agentes aduaneros niponeces. No sé cómo lo logré, pero lo logré (gracias también a la gestión de mi representante que es mi madre, ¡gracias por todo!).

El día de la exposición, en un salón increíble del edificio más central en Shibuya, esperaba sintiéndome como el niño que fui antes de que comenzara su animé favorito. La recepción de la gente fue asombrosa, se tomaban fotos con mis cuadros, los niños saltaban al verlos, la gente no podía entender que lo que veían venía de la mente de un joven (ya no tan joven) que vive en un país que ellos siquiera saben que existe, o que es algo así como una mezcla entre Perú, Bolivia y México junto a todos los países sudamericanos, un pequeño pueblito al sur de Estados Unidos. Sin embargo, antes de que empezara la feria, una confusión de la empresa aduanera japonesa me prohibió vender las obras por no contar con el permiso adecuado (que yo sí poseía), amenazándome con multas desde los 2.500 dólares hacia arriba, situación de la cual se retractaron cuatro días después, cuando la feria ya había terminado. Algunos de los compradores esperaron y pude vender bastantes obras, pero con un profundo sentimiento de incertidumbre y decepción, por la mala gestión que pudo haber arruinado años de trabajo. Sin embargo, me llené de esperanza por la increíble recepción que tuvo la obra en los casi 10 mil asistentes a la feria. Por fin eran los japoneses los que me observaban, y no yo a ellos.

Sobre la serie El Karma de vivir al Sur, ¿qué materiales empleas? ¿Cuántos cuadros componen la serie y cómo se diferencian?

Respecto a la nueva colección, El Karma de vivir al Sur, la técnica es básicamente la misma que he usado siempre: todo. Principalmente esmalte al agua, que es la pintura que se usa en Chile para pintar las casas, acrílicos baratos y marcadores de colores. Uso lo que tengo, porque en Chile no hay ni habrán los materiales necesarios y suficientes. Pero tenemos nuestra mente que no necesita de ningún tipo de importación ni disponibilidad. La serie está compuesta de alrededor de 30 obras en diferentes formatos.

Fotografía: Pablo "El Miedo" Valdovinos

Fotografía: Pablo “El Miedo” Valdovinos

A nivel de contenido, me comentabas sobre los temas de la hiperconectividad y de la identidad latinoamericana en el arte pensado desde la plataforma global. ¿Podrías ahondar un poco? ¿Cómo reflejan los personajes escogidos a estas problemáticas?

Respecto a su contenido, tiene mucho que ver con mi experiencia en la feria de Tokio, lo difícil que fue para mi llegar ahí y la mala suerte que han tenido algunos grandes artistas por haber nacido en el extremo sur.

¿Te imaginas a David Bowie o a Iggy Pop logrando lo que lograron habiendo nacido en Paraguay o Guatemala? ¿O a Takashi Murakami pintando desde Pomaire?

Bueno, lo que yo pinto es esta conexión, esta oportunidad, que se está dando gracias a la tecnología y que podría, eventualmente, sacarnos de este pozo en el que estamos.

Derribando barreras y límites geográficos, políticos y burocráticos, presentándonos a todos con relativa igualdad en el mundo digital. Hay que reconocerlo, si hay un lugar donde podemos ser “libres” es Internet. Donde todos podemos ser alguien, todos podemos ser todo y nada a la vez. Es el alma dentro de la máquina, nosotros somos el alma dentro de la máquina. También es importante destacar las problemáticas que surgen con el uso excesivo de la tecnología, sobre consumo, aislamiento, exceso de información, pero también comunicación, hiperconectividad y una nueva percepción de identidad digital. Asúmelo, vives más en el mundo intangible del Internet que en el real. Cuando todo está conectado con todo en todo momento, es algo así como Dios, otros lo han llamado religión.

La selección de los personajes representados es relativamente arbitraria, quiero mostrar el contraste entre lo estilizado de Hatsune Miku y lo tosco de Condorito en un solo click. En el mundo digital todos estamos en el mismo lugar, en todas partes, todos podemos ser el Capitán Futuro, o podemos ser Condorito. También estos personajes tienen mucha carga simbólica y son evidencia de la interdependencia (nunca independencia) cultural en la que vivimos, como Homero Simpson con polera de Colo Colo, a Card Captor Sakura en un videojuego de Tacna, o a una canción de Violeta Parra en una máquina para sacar peluches.

“Sentir hasta resistir, el karma de vivir al sur”, dice la canción de Charly…

El Karma de vivir al Sur deVioleta Parra podrá visitarse en Galería CIMA, Merced 22, piso 11, entre el sábado 2 y el domingo 3 de diciembre, entre las 16:00 y las 22:00 horas. La entrada es liberada previa inscripción en la página de la galería. La muestra también contará con la participación de los artistas Karioki, Mario Mora y Cristóbal y Juan Urrea.

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