Mike Patton vivió de forma accidentada su tercera visita a Chile junto a su disco Mondo Cane (2010). La presentación del sábado se cambió para el domingo, día para el que quedaron pactados dos shows consecutivos. Era el segundo turno, y apenas a las diez de la noche y monedas los fanáticos del frontman de Faith No More demostraban su impaciencia con una combinación de cánticos y abucheos. Nadie quería otra sorpresa. Ni intoxicación ni cancelación, por favor.

Uno a uno fueron saltando a escena los protagonistas. Primero la Orquesta Sinfónica de Chile, luego piezas fundamentales que terminaron por consolidar a una veintena de músicos parados alrededor de Patton, a todo momento pendiente de la instrucción de Cheche Alara, maestro de orquesta que le compitió en histrionismo a la máxima figura de la noche.

Apenas las coristas — Claudia Puglisi, Valeria Vasta y Roberta Lizzio— comenzaron a interpretar los ecos del amanecer de Il cielo in una stanza, quedó claro que el romance entre el público y su artista día a día encuentra razones para fortalecerse y no presenta fecha de vencimiento. Ahí sube Patton, vestido de huaso con poncho y chupalla, y no hace más que deleitar con sus transformaciones vocales y su riguroso recorrido de la obra popular de la Italia de los cincuenta y sesenta, influencia que adoptó en su relación con Titi Zuccatosta, que lo llevó a vivir en Bologna y enamorarse de los clásicos locales. La ovación es total, de principio a fin.

A Patton lo aman en Chile por todo lo que transmite. Cae bien a partir de inmiscuirse en la cultura y se aprovecha de la mejor forma que sabe: dejando su legado de multiplicidad en cada uno de sus formatos. No solo con FNM y Mondo Cane ha pisado la capital chilena, sino que también lo ha hecho, con éxito, junto a sus proyectos Fantomas, Tomahawk y Moonchild. Y suma fanáticos de Mr. Bungle — en esta pasada vino con el percusionista William Winant — y, en síntesis, todos conviven en cada visita del californiano, adornadas de poleras negras hambrientas de rock.

Mike Patton. Fotografía: Lukas Cruzat x mor.bo

Mike Patton. Fotografía: Lukas Cruzat x mor.bo

Pese a que aterrizó con su repertorio peninsular, sus versiones no se ajustan al pie de la letra a las originales. Con esa base sustenta su innovación. Experimenta y le funciona. Se siente suelto, como en el living de su casa, con la salvedad que este ahora está atestado y no pulcro, pero con una ejecución impecable de un equipo más que probado en el que puede descansar. Las cuerdas de Vincenzo Vasi, un botón. Junto a su theremin, vivió su espectáculo aparte, allá en el rincón izquierdo de Patton, mismo que se limitó, en sus intervenciones y pausas, a dar el aviso que se la podía con dos veladas en una noche, a chilenismos, a alabar a sus compañeros de trabajo y a conocer las sensaciones de quienes tenía al frente, maravillados y animados a un karaoke italiano-no-resuelto.

Treinta y cinco años de carrera no pueden ser en vano. Tampoco sus influencias en el metal. Por eso, pese a que traía consigo su faceta de crooner, en medio de la noche es capaz de subir un tono, o varios, e imponerse ante una audiencia que también suma asombro ante cada corto. En rigor, Patton grita, susurra, celebra, se viste de gala y luego escarba en lo más hondo de su corazón. Luce cómodo, nunca empaquetado, pero no permite espacio para ripios sonoros. Se destacan Ore d’amore, 20 km. Al giorno, L’urlo negro, Deep Down, Scalinatella, Storia d’amore y Senza fine.

Finalmente, el encore lo arranca con un snippet de Qué he sacado con quererte de Violeta Parra, donde vuelve a sacar pecho de su buen español. El cierre se reserva para Sole malato, original de Domenico Modugno, que recorre el desamor. En español, dice que “mi cielo se volvió gris desde que tú te fuiste” y se pregunta, casi sin consuelo, “amor mío, ¿qué puedo decirte? La única esperanza que tenemos es la primavera. El único amigo que tenemos es la nostalgia. Tan pronto como termine el invierno, mi vida, busca una manera, ven y encuéntrame. El sol, el sol enfermo… pájaros extraños vuelan en el cielo. Se quedan ahí, recordándome que todo ha terminado”. Con un dolor desenfrenado desde las palabras. Enamorando a todos a su paso. Renovando su vínculo con el corazón en la mano. Agradeciendo. A tablero vuelto.

Con Paoli, Buscaglione, Bongusto, Arigliano, Tenco, The Blackmen, Fidenco, Christy, Vianello, Murolo, Termini, Don Becky, Morandi, Celentano, Nino Rota, The Primitives, y Modugno representados con honor. Mike Patton y Chile, al 2018, es un idilio inagotable.

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