Para hablar del fotógrafo Masahisa Fukase hay que dejar sentados sus datos, los que tiene números, y los que marcan su vida como un alfa y un omega: nació en 1934, en Hokkaido, Japón, y falleció 78 años después en Tokio. Su nacimiento y su muerte son los elementos menos interesantes de su historia, llena de imprecisiones, pasión, muerte y cuervos.

Ser fotógrafo parecía haber sido la maldición de su vida: su familia tenía una tienda fotográfica, y entre rollos de película, flashes y lentes, comenzó a aventurarse con una cámara antes de partir a Tokio en los años 50, en donde conoció a Yoko, su musa y el amor de su vida: estaban atados por un nudo tan apretado que los unía desde el placer más profundo hasta el deseo del suicidio y la destrucción. Al final, ella terminó divorciándose, sin saber cómo manejar el temor que le producía la obsesión en 35mm que la ubicaba todo el día bajo la lente de un hombre que sentía peligroso.

Luego de perder a Yoko, Fukase quiso dejarse arrastrar por las corrientes de mares y ríos, perdido. Sin rumbo y sin musa, paseaba por los trenes sin un destino, hasta que se topó con un cuervo en una estación cuyo nombre nunca recordó. Según la tradición japonesa, hay que evitar ver a los cuervos a los ojos, pues es una señal de mal augurio. Destruido y deprimido, los vio a los ojos por diez años a través de su lente fascinado por su oscura belleza, por su silueta, sus graznidos y su estampa funesta que anunciaba la muerte.

Fotografiaba para detener el tiempo: como una especie de venganza contra el drama de tener que vivir. El libro que publicó en 1986 con los cuervos y que representaba su lucha interna con demonios, neurosis y soledades, llamado The Solitude of Ravens fue elegido en 2010 por un panel de críticos como el mejor libro de fotografía de los últimos 25 años (es imposible de encontrar, y si lo haces quizás te cueste unos 2000 euros).

Más adelante se obsesionó con el alcohol y los gatos, a quienes fotografiaba sin cesar. El suyo, Sasuke, se escapó de casa, pero luego de esperarlo por meses, lo sustituyó con Sasuke #2. Experimentó con imágenes submarinas en una bañera, quizás aún recordando a Yoko y su deseo de morir sin ella, hizo una serie con su padre antes de que éste falleciera, y siempre, siempre, dejaba un halo de vehemencia e intensidad en sus imágenes.

Su final llegó en hospital, en una cama que lo vio sumergido en un coma profundo desde el 20 de junio de 1992, cuando sufrió una conmoción cerebral severa al caer escaleras abajo en un bar luego de una borrachera. Los cuervos habían llegado a buscarlo.

Fotografía: Masahisa Fukase

Fotografía: Masahisa Fukase

Fotografía: Masahisa Fukase

Fotografía: Masahisa Fukase

Fotografía: Masahisa Fukase

Fotografía: Masahisa Fukase

Fotografía: Masahisa Fukase

Fotografía: Masahisa Fukase

Fotografía: Masahisa Fukase

Fotografía: Masahisa Fukase

Fotografía: Masahisa Fukase

Fotografía: Masahisa Fukase

Fotografía: Masahisa Fukase

Fotografía: Masahisa Fukase

Fotografía: Masahisa Fukase

Fotografía: Masahisa Fukase

Fotografía: Masahisa Fukase

Fotografía: Masahisa Fukase

Fotografía: Masahisa Fukase

Fotografía: Masahisa Fukase

Fotografía: Masahisa Fukase

Fotografía: Masahisa Fukase

Fotografía: Masahisa Fukase

Fotografía: Masahisa Fukase

Fotografía: Masahisa Fukase

Fotografía: Masahisa Fukase

Fotografía: Masahisa Fukase

Fotografía: Masahisa Fukase

Fotografía: Masahisa Fukase

Fotografía: Masahisa Fukase

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