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Cine / TV Reviews

“Maniac”, el viaje lisérgico de Netflix por la psiquis, la autoayuda y la fantasía

Maniac. Fotografía: Netflix
Words Mirangie Alayon

Atención: Este post contiene spoilers para Maniac de Netflix.

Si hay una serie hecha para el formato de binge de Netflix, esa fue Maniac, estrenada el pasado fin de semana, y que desde su primer teaser prometía un misterioso experimento farmacéutico con Emma Stone, Jonah Hill dirigido por Cary Fukunaga. Y si comenzaste a verla el día de su estreno, lo más probable es que te la hayas tragado completa como una de sus tres pastillas milagrosas. En 10 capítulos llenos de pequeños momentos de asombro vimos de cerca traumas del pasado, miserias del presente, viajamos en el subconsciente de dos personas inexorablemente unidas gracias a una computadora deprimida, un lemur secuestrado, y Justin Theroux con una peluca.

Maniac tiene lugar en una distópica ciudad de Nueva York que parece estar en ese mismo futuro cercano de Black Mirror. Si no tienes dinero contigo para pagar el tren, ir a almorzar o costearte un boleto de avión, puedes viajar con un Ad Buddy, que es básicamente una persona que te acompaña para ofrecerte publicidad cara a cara. Y es allí, en los márgenes incómodos y olvidados de esta sociedad en donde nos encontramos a Annie Landsberg (Stone) y Owen Milgram (Hill).

Maniac. Fotografía: Netflix

Maniac. Fotografía: Netflix

Annie está deprimida, tiene un problema de adicción, y termina en el experimento de Neberdine Pharmaceutical Biotech luego de recurrir chantaje para obtener más de la droga A que la lleva constantemente a revivir el peor día de su vida, mientras que Owen es el hermano olvidado de una familia millonaria, un esquizofrénico que siempre tiene dudas si está viviendo en un mundo real o imaginario, y que alucina un hombre idéntico a su hermano (Billy Magnussen) quien lo convence de que tiene la misión de salvar el mundo… mientras su familia lo obliga a ser la coartada de su hermano en un juicio por abuso sexual.

Con toda esta descripción, no llegamos ni al 10% de lo que vemos en la serie, pues es una de esas experiencias que hay que ver para creer: desde la escena de sexo virtual más absurda e increíble que hemos visto en los últimos años, pasado por la estética retrofuturista de Neberdine Pharmaceutical Biotech y su Inteligencia Artificial moldeada por un brillante científico con mommy issues, sin hablar de la velocidad con que el show cambia de tono, estilo y dirección dependiendo del sueño/alucinación/estatus de terapia por el que sus protagonistas están pasando, Maniac es un viaje trippy por nuestros deseos, nuestros recuerdos, y cómo estos nos hacen aferrarnos del dolor.

Maniac. Fotografía: Netflix

Maniac. Fotografía: Netflix

La narrativa de Maniac es irregular y extraña gracias a los cambios radicales que sufrimos junto a Owen y Annie en su proceso de tomar las tres drogas (A, B, y C), que prometen transformarlos para siempre y hacerlos felices finalmente. Emma Stone es excelente de principio a fin, y sin importar en qué universo paralelo esté, sabemos cuándo deja de ser ese personaje de su imaginación para convertirse nuevamente en la Annie que sigue culpándose por la trágica muerte de su hermana. Aunque Hill tiene buenos momentos, su interpretación es más plana, excepto cuando su alter ego es tan peculiar (es genial como el islandés del episodio 9) que es imposible de ignorar.

Sin embargo, sin los leitmotifs de cada episodio que pasamos en la conciencia de GERT (personajes que se repiten, referencias a la vida real y totems como el halcón, Salt Lake City o el perro Groucho), es a veces difícil seguir la acción, pero una vez que llegamos al final, todo parece indicar que la complicada narrativa era una manera de hacernos llegar a una sencilla conclusión: para avanzar, hay que enfrentarse a los demonios. Owen debió convertirse en el halcón rapaz de su niñez y terminar acusando a su hermano en lugar de buscar una nueva vida en cada esquina; Annie tuvo que resolver sus propios traumas, aceptando su responsabilidad en la muerte de su hermana y cómo comunicarse mejor con su padre en el presente.

Maniac. Fotografía: Netflix

Maniac. Fotografía: Netflix

Como un malabarista, Maniac quiere balancear constantemente humor, ciencia, absurdo, autoayuda, el concepto de la felicidad, terapias y sanación al mismo tiempo, por lo que terminan escapándose de sus manos algunas esferas, pero pese a su espíritu kitsch y exagerado, el show podría resumirse en la narración de apertura del Dr. Mantleray (un increíble Justin Theroux sin desperdicio en 10 episodios): “No habría vida sin colisiones de cuerpos celestiales”. Todas estas “fuerzas de la naturaleza” demuestran “el potencial infinito de nuestras conexiones” y “esta verdad también se extiende al corazón humano”.

Tanto Owen como Annie salen de la iteración número 73 de la prueba clínica de Neberdine Pharmaceutical Biotech, que el Dr. Mantleray declara exitosa básicamente porque los sujetos no terminaron muertos. Pero al final, nuestros protagonistas descubren que su conexión (platónica, pero poderosa) iniciada por un desperfecto técnico es lo que los llevará a un nuevo camino y a un nuevo comienzo, en el que conocen sus debilidades y defectos, y en el que los siguen, ya liberados, dos símbolos de su terapia: Owen es ese halcón, lento, finalmente estable y siempre necesitando ayuda. Annie es ese perro corriendo por delante de él. Se dirigen en la misma dirección, a diferentes ritmos emocionales.

Ninguno de ellos es real, pero representan la esperanza, algo que nuestros protagonistas jamás se hubiesen atrevido a imaginar antes. Ojalá el show hubiese llegado a esta conclusión en menos tiempo y con una historia menos enrevesada; pero vale la pena tomarse las tres pastillas.

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