Fotografía: Gilbert Blecken

Fotografía: Gilbert Blecken

Hoy se cumplen 22 años desde el día en que Kurt Cobain se quitó la vida, y desde entonces, ha sido calificado de mil maneras: cantautor, hijo, poeta, mártir, drogadicto, ídolo, leyenda, suicida, padre, héroe. No hay medias tintas con Kurt, no hay escalas de grises ni espacios en donde no se hable de su visión, de sus demonios y de cuán extraordinario era.

Más de dos décadas después, Kurt Cobain es una idea nebulosa para muchos, el tipo rubio aquel con los jeans y la voz desgarrados que se casó con Courtney Love. El padre de Frances. El que se lanzaba sobre la batería de Dave Grohl en los conciertos y cuyo himno eterno de la juventud apática terminó siendo versionado por Paul Anka en versión swing para las masas. Un producto más. Here we are now, entertain us.

kurt cobain - diary 02

Dentro de los lugares comunes que siempre se escriben sobre Kurt, nos queda una última mirada honesta: la de sí mismo y la de su búsqueda incansable de la verdad a través de sus diarios. Pese a que al final terminaron siendo parte de la misma maquinaria capitalista que odiaba, es una de las pocas cosas que tenemos para leer sobre él sin ningún tipo de filtro. Las páginas son intensas, llenas de manifiestos, letras de canciones, dibujos, listas de todo tipo, de rabia y de mucha soledad.

Y sí, Kurt era un extraordinario. Tenía un gusto musical increíble (que se refleja en Montage of Heck, su mixtape de 1988 que recientemente salió a la luz pública) y un gran sentido del humor. Comprendía que la esperanza y la destrucción están separadas por una delgada línea por la que no todos saben caminar. Pero más que nada, era uno más, uno de nosotros. Humano, frágil y complejo.

Recordar hoy a Kurt Cobain es más que recordar al músico, a su leyenda o a su legado. Es más que romantizar al hombre adicto y deprimido. Y ciertamente es mucho más que la suma de las páginas de sus diarios. Sentémonos hoy metafóricamente a su lado escuchando música en una habitación llena de colillas de cigarros y de ropa sucia en una esquina y acompañemos a nuestro amigo. Porque para él, aunque fuese por un momento, por la música sí valía la pena todo.

Escuchemos algo bueno por Kurt hoy.

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