La situación política en Suramérica atraviesa puntos álgidos marcados por los cambios, las crisis en salud y educación, la desigualdad; factores que, aunque se han presentado por años en nuestra región, ahora tiene un elemento clave que vaticina revolución: la juventud.

Desde las famosas Guarimbas en Venezuela, pasando por el Movimiento Indígena del Perú, la representación de las mujeres jóvenes en el Senado Boliviano, hasta la aún fuerte revolución izquierdista en Argentina liderada por movimientos como En Clave Roja, podemos ver que, sin importar el bando político, la población civil entre los 18 y 28 años se está expresando.

Colombia es ejemplo de ello. Después del Plebiscito por la Paz en 2016 donde la población en general votó para rechazar los acuerdos entre el Gobierno y las Farc en La Habana, la fuerza política juvenil ha venido en aumento. Irónicamente, el Gobierno de Santos igual hizo la paz con la guerrilla que lesionó el país durante 50 años, dejando unas 7 millones de víctimas, entre desplazados, mutilados, huérfanos y muertos.  Esto generó de manera inmediata un alza entre la juventud que vio un ecosistema ideal para expresarse a favor o en contra de la decisión.

Sumado a este escenario, el próximo 27 de mayo se darán las elecciones presidenciales en Colombia, hito que ha dividido aún más a la población votante, -estamos hablando de un 49,77 % frente al imbatible 50,22 %- según las últimas consultas populares dadas en el país. Esto ha llevado que desde los medios de comunicación más importantes hasta los barrios más marginados haya un constante ruido hacia la política.

Habla la calle

En Colombia, hay fronteras intangibles –pero cada vez más visibles- llamadas estratos. Va desde el estrato 1, 2 y 3 que incluye a los menos favorecidos, el 4 caracterizado por ser la clase media pujante, el 5 y 6, considerados altos y el muy pequeño estratoSFÉRICO, que no entra en las estadísticas, pero sabemos que domina el país.

Como suele pasar hasta en las sociedades más avanzadas, los menos escuchados son los de estratos bajos, pero representan la masa más importante del país. Por eso los líderes sociales han buscado la manera de expresar como sea su opinión. Imaginemos cuando alguien se está ahogando y grita, se mueve, lanza golpes y demás. Aquí es donde los medios y las redes sociales no sirven de mecanismo de expresión, entonces, recurren a técnicas en desuso como los panfletos anónimos, meetings en casas de los líderes y el predilecto graffiti.

En la capital, por ejemplo, donde la gente suele ser más desinhibida – Colombia es un país conservador y apegado a la religión – expresiones callejeras como el graffiti van en ascenso y más, después de que dejó de considerarse ilegal, luego de que los familiares del joven de 17 años Diego Becerra, interpusieran una demanda al comprobar que su hijo fue asesinado a manos de la policía por pintar una pared.

Movimientos como Toxicómano Callejero, liderado por Andrés Montoya, han venido recogiendo todas estas quejas sociales para a través de su arte, convertirse en un ruido fuerte para los poderosos.

“El graffiti es como otro idioma, y si no lo aprendes, no puedes decir que no sirve o que es basura”

Recientemente en una entrevista, Montoya decía que, aunque la técnica que él usa para comunicar sus ideas está estigmatizada por la mayoría de la población, por lo agresiva o vandálica que pudiera parecer, es su forma de dejar una huella, de enviar un mensaje sensibilizador sobre los problemas que tenemos en el país y que ya creemos que son normales porque los vemos todo el tiempo.

Con murales como este que, a juicio del colectivo es un proceso que revitaliza la estética urbana, estos artistas callejeros plasman en las afueras de colegios, paredes del centro y hasta fachadas de edificios enteros, un mensaje que invita a la reflexión. Para este año electoral tan importante, dividido entre quienes continuarán con el capitalismo y división o aquellos que se inclinan hacia la izquierda y el movimiento de guerrilla revolucionaria, el Colectivo Toxicómano Callejero también muestra su candidato imaginario: el que apoya el feminismo, la igualdad, la ecología y por supuesto, las drogas.

Estas expresiones han invadido la ciudad y con mensajes satíricos o no, buscan empoderar a la población juvenil para que asista a las votaciones, recordándoles que también tienen que escoger y a diferencia del graffiti, más de 48 millones de personas no pueden quedarse pintadas en la pared.

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