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La presión laboral, el bullying en distinto grado y la competencia por tener un espacio en la sociedad, son factores que explican cómo el mundo exterior —nuestro sistema como grupo humano —, muchas veces puede suponer un desafío inabarcable.

A tal extremo llega la exigencia colectiva, que existen quienes deciden cortar de raíz cualquier contacto con los demás, sometiéndose a un aislamiento total en su hogar. En los casos más avanzados, el afectado tampoco tiene relación con su familia que vive bajo el mismo techo.

Imagen: YouTube

Esta reclusión voluntaria, por tanto, hace que la fuente del estrés “deje” de existir, al igual que el resto de las apariencias. La habitación se transforma en el centro de la vida, donde se puede pensar distinto, sobrevivir sin adaptarse a lo establecido, hacer lo que se desee sin tener que recaer en otros. Un refugio donde se termina el tormento de cumplir las expectativas de todos.

El síndrome hikikomori abarca personas entre los 15 y 39 años que han pasado como mínimo 6 meses alejados completamente de espacios públicos y de relacionarse con sus pares. A pesar de que el fenómeno se le atribuyera por error de forma exclusiva a Japón a comienzos del 2000, en la actualidad se han registrado incidentes en países como Argentina, España, Corea, Estados Unidos y Australia.

Este fenómeno, según un estudio del gobierno japonés en 2016, alcanzó cerca de 541.000 ciudadanos reacios a comunicarse con el exterior. La disminución en la cantidad registrada por primera vez en 2010 (696.000 casos), se debe a los esfuerzos de las autoridades niponas para abordar la problemática, incluyendo centros de apoyo que asisten psicológicamente a los ciudadanos. Sin embargo, esta epidemia psicoemocional se ha consolidado como una de las más escabrosas del siglo XXI.

Fotografía: Pixabay/RT

Si bien la mayoría de los hikikomori no mantiene su situación por más de tres años, de acuerdo a las estadísticas, alrededor del 8% lleva diez o más aislado completa o parcialmente. La ira contra el sistema, la frustración por padecer este retraimiento, el miedo por lo que pasará y la envidia hacia quienes pueden desenvolverse con normalidad cada jornada, termina por consumir al hombre o mujer que prefirió no ser parte de nada.

En Japón se le han atribuido dos causas al hecho de que una persona pueda mantener este síntoma vinculado, en gran parte, con la depresión: una familia con sustento económico estable y que uno de los miembros de dicha familia tenga una jornada laboral completa fuera de casa (en general, el padre).

Quizá con el desarrollo avanzado que tiene el país asiático, el hikikomori puede vivir cómodamente al optar por ese estilo de vida, sin contar las consecuencias que tiene su confinamiento. La suerte resulta distinta para países en que el estrato socioeconómico varía en mayores proporciones. Sin embargo, más allá de la ubicación en que se encuentre el afectado, ¿cómo se pone fin al círculo vicioso de renunciar a la sociedad si ésta es la única que podría tener la solución?

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