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Durante el verano del año 1980, Helene Verin, quien en ese entonces tenía apenas 25 años de edad fue una de las musas de Andy Warhol. Gracias a su esposo en aquel momento, el artista plástico Rodney Ripps, logró un intercambio poco común: uno de los lienzos de Ripps por un original de Warhol, que tendría el rostro de Helene plasmado como una de sus muchas creaciones pop art.

Apenas llegó a La Fábrica, fue entregada directamente al maquillador Rupert Smith, quien se encargó de ponerle casi tres centímetros de base para obtener un rostro perfecto y sin arrugas, listo para una sesión de Polaroids de Andy que luego se transformarían en una serie de litografías brillantes. Helene terminó con el más sobrio de los cuatro, y muy parecido a los que había hecho de Liz Taylor y Liza Minelli, y en donde se destacan sus labios y sus ojos oscuros.

Mientras Warhol era una figura de culto, su viejo compañero de clases del Carnegie Mellon, el pintor Philip Pearlstein, estaba concentrándose en su obra (menos conocida pero igual de laureada), centrada en la pintura figurativa realista hecha engrandes lienzos que reflejan peso emocional y físico. Ahora con 93 años de edad, Pearlstein continúa con su estudio en la ciudad de Nueva York.

Fotografía: Vas Kozyreff

Fotografía: Vas Kozyreff

Luego de conocer a Verin y a su esposo durante los años 90, Pearlstein le pidió a Helene que porara para él en el 2016. Cuando se sentaron frente a frente, le preguntó si quería sólo su rostro o su cuerpo completo, vestida o desnuda, y Helene lo dejó a su gusto.

Fotografía: Vas Kozyreff

Fotografía: Vas Kozyreff

Al final, terminó sentada e inmóvil durante gran cantidad de sesiones de tres horas durante 15 semanas en el estudio de Pearlstein, y podría decirse que los cuadros de Warhol y este último son caras opuestas de una misma moneda: mientras que en uno la musa es una joven ingenua, en la segunda se ve mucho mayor de lo que es gracias al punto de vista realista y exagerado de Pearlstein.

“Fue exactamente lo opuesto de sentarme frente a Warhol. A diferencia de su fallecido amigo, Pearlstein nunca usa una cámara, pues ese es el objetivo de su arte: plasmar lo que ve frente a él. ¡Además me hace ver como si tuviera un millón de años! En el cuadro de Andy siempre seré joven. Me encantan ambos”.

Ahora, las obras de Pearlstein y Warhol ocupan un lugar único en la casa de Manhattan de Helene Verin, formando un díptico especial, pues Verin dice que se miran el uno al otro. “Ambos son muy personales para mí”, dice, haciendo hincapié en la amistad entre los dos artistas. “Son tan diferentes, y sin embargo están tan conectados, y eso es lo que los hace frescos”, añade. Verin no es la clase de coleccionista acaudalado que puede darse el lujo de encargar retratos de tales talentos prominentes, así que con casi 40 años de diferencia, dice que es el honor de una vida haber sido una musa para ambos.

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