Uno de los momentos más importantes del día como pre-adolescente de mediados de los 90 era estar el día con las noticias de MTV, una vez cada hora. Kurt Loder con su cabello en cortinas y corbatas de estampados muy serios me informaba qué era lo último, lo más novedoso, lo más caliente en la bóveda interminable de videos del canal. Desde la mañana hasta la hora de ir a clases tomaba nota de lo que salía en MTV Buzz, lo cual me permitió descubrir a bandas como a Blur, Nirvana, Björk, Beastie Boys, y Radiohead, y mis amigos sin televisión por cable contaban conmigo para poder enterarse de todo. Esa era mi labor: reportera musical adolescente.

Desafiando el tiempo y el espacio

Pero descubrir a las bandas era la parte fácil, lo complicado era conseguir la música cuando estás a casi 3.500 kilómetros de distancia de la ciudad de Nueva York, y en tu país no hay un Tower Records gigantesco que te venda el single nuevo de Garbage. Más complicado aún era explicarle al dependiente de tu tienda de discos local el nombre del grupo (“sí, sí, se escribe como ‘basura’ en inglés”), sin mencionar el género. Si tenía suerte, en cinco o seis semanas me llegaba el encargo en una flamante caja de plástico astillada, “porque al dueño se le cayó durante el viaje”. Lo importante era llevarme el single y mi discman al liceo, y decirle a mis compañeros de banda que ya tenía en mis manos lo nuevo de un grupo genial.

The Breakfast Club (1985)

The Breakfast Club (1985)

Los video clips eran la forma más rápida de enterarte de quién era quién en el mundo musical, y de qué iba su rollo. Cuando MTV decía una semana antes que iban a estrenar un nuevo video, es que se venía algo grande, como lo fue Jeremy de Pearl Jam, por nombrar uno de los más impactantes. Ya sabías lo que venía, de quién venía y que era bueno, de lo contrario MTV jamás lo transmitiría. Para ese entonces, mi tienda local de discos había avanzado un poco, y podía conseguir grabaciones piratas, singles japoneses (!!!), y la mayoría los discos que quería… un mes después de su lanzamiento. Así es, señores. En sólo un mes tenía lo que quisiera. Me sentía una proto-hipster, haciéndoles mixtapes a mis amigos con mi material exclusivo, importado y flamante, todo nuevo. De hace un mes.

Tiempos desesperados

Aunque confieso que a veces la situación se volvía un poco desesperada y no podía esperar un mes, así que me quedaba sólo un camino: grabar los temas directamente de la radio. Sólo alguien que vivió en los años 90 sabe lo que es tener un cassette BASF 90 minutos de alta calidad en modo play/pausa perenne mientras escuchas la radio esperando una canción. ¿Cómo rayos iba escucharla cuantas veces quisiera? A veces hay que sufrir por el arte. Además, el dinero de mi mesada tenía un alcance limitado.

La verdad es que aquí, reclinada en mi mecedor como un abuelito, pienso que la gente hoy en día no sabe lo fácil que tiene todo en materia musical. Los artistas te avisan por Twitter cuándo van a lanzar su nuevo álbum o sencillo, y en cuestión de segundos puedes escucharlo gracias a internet. Ya no hay espera de un mes o el misterio de saber si el encargado de la tienda va a confundirte a Nine Inch Nails con Ned’s Atomic Dustbin o Sonic Youth con Soul Asylum. Ya no experimentamos la agonía de que se te rompa la agujas del tocadiscos de vinil, o disfrutar la única canción que vale la pena en un disco horrible que tuviste que comprar sólo por ese maldito tema.

The Little Rascals (1994)

The Little Rascals (1994)

Me da tanta rabia pensar en la comodidad que todos tenemos ahora, que voy a dejar esto hasta aquí y me voy a ir a escuchar el EP nuevo de The Strokes en Spotify.

Adiós.

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