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Film / TV Perspectives

El feminismo cruel, difícil y necesario de “The Handmaid’s Tale”

The Handmaid's Tale. Imagen: Hulu
Words Mirangie Alayon

Este post contiene detalles y spoilers de la primera y segunda temporada de The Handmaid’s Tale. Por favor, sigue adelante con precaución.

En el año 2017, una de la series favoritas de la crítica (y para nosotros) fue The Handmaid’s Tale, el show de la plataforma digital Hulu que recrea el libro de la escritora Margaret Atwood, y que imagina un perturbador futuro no muy lejano en donde un régimen conservador ha convertido a las mujeres en criadas, las incubadoras de hijos para la clase más privilegiada de una sociedad en donde la justicia y los derechos humanos murieron en manos de los hombres y la religión.

En su primera entrega, seguimos la terrible historia de Offred (Elisabeth Moss), una mujer que es atrapada por las autoridades luego de tratar de huir con su esposo y su hija de un gobierno que paulatinamente ha decimado como mujer sus derechos civiles, su dignidad y todas aquellas cosas que tomamos por sentadas en una sociedad democrática. Termina como una criada en la casa del comandante Fred Waterford (Joseph Fiennes), violada mensualmente mientras tanto él como su esposa (Yvonne Strahovski) citan a la Biblia, dando gracias por los frutos de la fertilidad humana en una grotesca alabaza a un Dios que ya no existe para Offred.

Luego de una serie de perturbadores acontecimientos (la mutilación genital de Ofglen; la crisis emocional de Ofwarren; la perversa seducción de Fred Waterford, quien lleva a Offred por el underground de sexo, drogas y privilegios de la élite política de Gilead, el embarazo de Offred), la primera temporada finaliza con una luz de esperanza, cuando Offred se rebela contra las órdenes d la Tía Lydia (Ann Dowd), quien ordena a las criadas a apedrear hasta la muerte a su compañera Ofdaniel “por mandato divino”, luego de poner la vida del bebé que dio a luz en peligro.

La segunda temporada comienza, quizás, siendo mucho más cruel que la primera: todas las criadas son llevadas violentamente al Fenway Park (el estadio en donde juega el equipo Medias Rojas de Boston, pero abandonado en este futuro distópico)o. Se dan cuenta de que la penitencia por su rebelión es la muerte, pues ven delante de ellas tres hileras de horcas preparadas para todas. Es una escena brutal y despiadada: Offred ve a sus compañeras llorar, perder el control de sus esfínteres y preguntarse si todo llegará a su final mientras tienen una soga al cuello mientras escuchamos a Kate Bush cantando A Woman’s Work.

Cuando piensan que están a punto de morir, la Tía Lydia les informa que esta es tan solo una muestra de lo que les espera si llegan a atreverse a pensar por sí mismas una vez más. Es una advertencia tanto para las criadas como para la audiencia, preparándonos para el resto de los capítulos en los que conseguir la libertad parecerá más imposible que nunca.

Aunque en los primeros episodios el movimiento anónimo de resistencia de Gilead le facilita el escape a Offred — cuyo nombre verdadero es June Osborn — la iniciativa termina en tragedia, el regreso a “casa” y una represión aún más profunda. Paralelamente, nos vamos a las colonias, viendo de cerca lo que sucede con los “traidores de género” (la población homosexual) y todos aquellos que se han atrevido a desafiar las reglas: un vasto ejército de esclavas, apenas vivas, obligadas a excavar todo el día en desechos tóxicos hasta que mueran.

The Handmaid's Tale. Imagen: Hulu

The Handmaid’s Tale. Imagen: Hulu

Para muchos seguidores de la serie, la crueldad e intensidad de las escenas los ha hecho abandonarla, aunque su protagonista, Elisabeth Moss, ha dicho que nada de lo que vemos es gratuito, y que cada horror que vemos en pantalla está inspirado por acciones que han ocurrido en nuestra historia reciente, alimentadas por el machismo, el extremismo religioso y por la idea de que se está haciendo “lo mejor para la sociedad”. La misma Margaret Atwood reveló hoy que las escenas más difíciles son parte de un terreno que poco a poco se ha estado sembrando en la actualidad.

“El cambio climático y el descontento social pueden llevar a guerras y guerras civiles, y luego a represiones brutales y totalitarismos. Y a las mujeres les va mal en las guerras, peor que en tiempos de paz”.

Los horrores de Gilead son los mismos que innumerables culturas han infligido a las mujeres durante la mayor parte de la historia humana. La idea de que vivimos en una sociedad moderna que ha dejado todo eso atrás es una mentira, y una que a muchos les gusta repetir pese a que todavía hay poderes que siguen trabajando en forma sistemática para despojar a las mujeres de su derecho a un salario igual, a su autonomía corporal y reproductiva, al derecho a recibir una educación sin sexismo, su identidad sexual y cualquier otra cosa que puedan arrebatarnos mientras puedan.

Por eso, aunque cada capítulo duela, The Handmaid’s Tale sigue siendo necesaria. Porque es un recordatorio en estos  tiempos de feminismo, diversidad y campañas contra el abuso sexual. Porque en cualquier momento en el que nos confiemos, los derechos de las mujeres y las minorías serán los primeros en esfumarse en beneficio de la sociedad en donde “los valores familiares y religiosos” sirven como el eufemismo perfecto para el extremismo.

La imperfecta libertad en la que vivimos depende de un equilibrio tan frágil como el de los dedos en puntillas al borde de la horca.

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