Para los millenials que no se despegaron de la televisión durante su infancia, los años 90 demostraron ser una de las eras más increíbles de la comedia animada, pues no sólo Nickelodeon se encargó de entregarnos series como Hey Arnold! o Rocko’s Modern Life!, que junto a espacios como Liquid Television de MTV, transformarían la visión clásica de las historias animadas para siempre.

Si bien la época dorada de la animación occidental tuvo casi unos 40 años de hegemonía con largometrajes de Disney, las caricaturas del sábado en la mañana de Hanna Barbera, de los estudios Warner y de la dupla DePatie–Freleng que nos trajo a La Pantera Rosa, El Inspector y muchos más, lo cierto es que a mediados de los 60 y principios de los 70, el género comenzó un declive gracias a la llegada del animé japonés, cuya popularidad no ha disminuido desde entonces.

Sin embargo, a finales de los 80 y principios de los 90, comenzó una nueva ola animada en donde el paradigma de que la animación era exclusiva para niños quedó atrás, dándole paso a series que se convirtieron no sólo en en clásicos, sino en las pioneras de algunas de nuestras series favoritas, combinando humor transgresor, animación sin límites, historias que se parecían al público, y personajes inolvidables que siempre han sido el reflejo fiel de su época.

Ironía transgresora

Imagen: MTV

Es imposible hablar de shows animados que rompieron esquemas sin nombrar a The Simpsons, que se estrenó en 1989 y aún sigue al aire. Aunque en los últimos años su calidad ha descendido, nadie puede negar que en su mejor época en los años 90, el show le demostró al mundo que la televisión animada puede provocar, informar y encapsular a la sociedad moderna y entretenerla al mismo tiempo. En 1991, John Kricfalusi vació el contenido de su mente enferma en una absurda animación sobre un desquiciado chihuahua y un gato tonto llamado Ren & Stimpy, que dejó la narración referencial e irónica de The Simpsons de un lado para adentrarse en historias extrañas, oscuras, asquerosas pero inolvidables: todos recordamos a Olorín, el comercial de Tronco y al Hombre Tostadas en Polvo, ¿no?

El espacio Liquid Television de MTV también fue el lugar de nacimiento de series animadas que marcaron un antes y un después, como Beavis & Butthead, el par de metaleros idiotas que se metían en problemas, estaban obsesionados con las tetas y con la crítica de videos musicales, y que conocían por casualidad a la protagonista de una de nuestros shows favoritos: Daria, que era la yuxtaposición perfecta de una estudiante de secundaria inteligente y misántropa que debía enfrentarse al pensamiento básico, sentimental y pueblerino de su ciudad.

Otros de los shows animados más destacados de esa época fueron The Critic  que aunque sobrevivió sólo dos temporadas relataba de manera mordaz lo que significaba ser crítico de cine en un Hollywood perverso y perezoso y Duckman, un pato detective neurótico, patético y oscuro en donde sus personajes se enfrentaban a enfermedades mentales, a historias sórdidas e inquietantes y que lanzaba cuantos puñetazos podía a la cultura pop, algo de lo que South Park se encargaría de la manera más irónica y cínica desde un pequeño pueblo infernal en Colorado.

La nueva generación: la sadcom

BoJack Horseman. Imagen: Netflix

BoJack Horseman. Imagen: Netflix

Con South Park en su temporada 21 y The Simpsons en la número 28, no es de extrañar que el público de estas series haya descendido buscando shows más frescos, y los últimos años nos han ofrecido los verdaderos herederos de esas series que tanto amamos durante los 90: BoJack Horseman y Rick & Morty. Ya con 4 temporadas bajo la manga, BoJack Horseman nos cuenta la historia de un caballo actor, ex estrella de una sitcom de los 90, y que tiene problemas para aceptar que ya es un has been en la industria. Toma todos los elementos de cinismo tan populares de las series de dos décadas y que están arraigadas en nosotros para convertir el show en algo más sincero para sus televidentes, que han visto y vivido todo y saben que la vida es compleja y a menudo injusta.

Habla de temas intensos como el alcoholismo, la depresión y el aborto de manera simple y directa, traspasando el escapismo de la animación y contando historias que superan esas defensas cínicas y perfeccionadas de un público que parece no creer en nada, pero en última instancia, quieren creer en todo. Rick & Morty funciona de manera similar: un brillante inventor lleva a su nieto al multiverso, se encuentra con extraterrestres y tienen aventuras increíbles, pero detrás de esa trama, oculta una rica vida emocional detrás de una gruesa capa de comedia oscura y nihilismo en donde la disfuncionalidad de una familia que se resquebraja de diferentes maneras gracias a un abuelo genio alcohólico se esconde en historias divertidas que nos joderían demasiado si las contaran sin artificios. En vez de comedias animadas, ahora lo que vemos son sadcoms: comedias con un elemento emocional que se enfrentan al cliché de la ironía.

En estos días, los shows animados verdaderamente atrevidos dan por sentado lanzarle tiros a la cultura pop y al establishment, y asumen que todos somos cínicos golpeados por la vida. Y justamente han hecho algo inesperado: reconectarnos como millenials con nuestra humanidad. Estableciendo un patrón narrativo en donde casi todos los personajes parecen ser unos bastardos insoportables, luego interrumpen ese mismo patrón con destellos de sentimiento honesto, y que nos pegan mucho más duro porque no lo estábamos esperando.

Como ya estamos cansados de ver momentos conmovedores fáciles, queman esos puentes emotivos para reconstruirlos lenta y pacientemente, acercándonos a la empatía y separándonos del cinismo. Es como ver a Daria a los 40 años, dándose cuenta de que la misantropía sólo puede durar cierto tiempo antes de que consideres la autodestrucción o la terapia. Al final, la transgresión es reírnos de nosotros mismos, de nuestro lado irónico, y de los corazones rotos que escondemos frente al mundo.

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