Mientras en el centro de Santiago de Chile se desarrollaba la gran Maratón, al otro lado del cerro se llevaba a cabo una de las fiestas de mayor tradición en el valle central de nuestro país, lejos del branding, sin calles cortadas, y con la espontaneidad característica de los practicantes de esta celebración.

Se trata de la fiesta de Cuasimodo, a la cual acudí porque quería registrar un evento que en mi sector de la ciudad, que es la misma, no se conoce. Y ni siquiera se anuncia, a pesar de la relevancia cultural que tiene. Es por eso que a las 9 de la mañana del domingo siguiente a Pascua de Resurrección me dirigí hacia la esquina de la avenida Perú con Arzobispo Valdivieso, en la comuna de Recoleta, para ser testigo de esta actividad católica. Al llegar me encontré con una multitud festiva, con vestidos de huaso típico chileno, pero cubierto con esclavinas y mantos en la cabeza de múltiples colores, con un sonido ambiental de caballos relinchando y una atmósfera de olor a campo.

Fotografía por Dano Mozó

Fotografía por Dano Mozó

Este es el panorama que hace años se viene armando tanto aquí como en otro sectores de la región, para realizar una actividad propia del folclor chileno en esta fecha. Históricamente consistió básicamente en armar una escolta para el sacerdote que va a entregar la comunión a los enfermos postrados que no habían podido asistir el domingo anterior a la misa de pascua. Como el concilio de Trento estableció que se debía comulgar por lo menos una vez al año, en la época colonial se estableció esta fecha como la oportunidad de brindarla a los enfermos. El problema era que los sacerdotes solían ser asaltados por bandidos, quienes se llevaban las reliquias eclesiásticas donde trasladaban la comunión, por lo que se comenzó a formar una comitiva que protegía este momento. Con el paso de los años se convirtió en tradición, y hoy en día esta caravana ya cuenta con jinetes generalmente asociados a un Club de Huasos, además de los vecinos que en bicicletas y camiones recorren tanto sectores urbanos como rurales, llegando a juntar incluso más de mil caballos en Colina, al norte de Santiago.

Durante la fría mañana, los feligreses esperaban ansiosos el inicio del movimiento, ocupando toda la calle que ni siquiera estaba cortada. Por supuesto que el equipamiento alimentario no podía faltar, una familia se instaló en el bandejón central a vender los infaltables sánguches de potito, completos y choripanes. Había gente de todas las edades, adultos mayores que se notaba que llevaban esta costumbre en la sangre, adolescentes que intentaban acomodar la indumentaria sagrada a la moda que suelen llevar en el día a día, y niños felices de montar a caballo con la libertad de poder correr a las anchas de la avenida Perú. A ellos los acompañaban familiares y amigos que además de público, tenían la función de ser el apoyo logístico en caso de imprevistos, como contar con aguja e hilos. En esto conocí a Elizabeth y Eusebio, que son cuasimodistas desde el año 52, orgullosos por continuar esta práctica que el padre de Eusebio instauró en la comuna de Conchalí. Estaban con el traje de huaso que correspondía, y me aclararon que el uso del pañuelo reemplaza al sombrero por respeto a Cristo, la esclavina proviene de la vestimenta de los sacerdotes, existe un estandarte de la cofradía y campanas para anunciar la llegada del santísimo. Los colores oficiales siempre han sido el blanco y el amarillo, que corresponden a la bandera papal, aunque algunos grupos han incorporado una nueva paleta para distinguirse como familia. Lo infaltable son los brillos, porque antes que todo, esto es una fiesta.

Fotografía por Dano Mozó

Fotografía por Dano Mozó

Estacionadas en todo el largo de la calle se encontraban los coches o carretas (que muchos usan como su herramienta de trabajo en la feria durante la semana) enumerados según el orden de partida, y completamente emperifolladas con flores, generalmente plásticas, hojas de palmeras, imágenes religiosas, y pintadas con motivos folclóricos como copihues. Por ejemplo la familia de Juan, la primera en partir, estaban completamente combinados los atuendos festivos blanco y morado, con las flores del vehículo, ya que el año pasado había sido rojo.

Con un poco de retraso comenzaron a sonar las campanas y se anunció que el sacerdote ya había salido de la parroquia, y ahí se alistaron todos para salir. Los visitantes se ubicaban frente a sus conocidos para despedirse y otros nos preparábamos en la esquina por donde venía la marcha. Y en menos de un minuto se duplicó la cantidad de cuasimodistas, aparecieron nuevos medios de transporte como motos y bicicletas completamente acicalados con motivos religiosos y altares móviles, banderas de Chile y el Vaticano, quienes se empalmaron a la calle principal para partir cantando hacia la santidad.

Fotografía por Dano Mozó

Fotografía por Dano Mozó

Una vez más se llevó a cabo una de las principales tradiciones del Chile central, más ligado a lo rural y alejado de lo que promueve el consumismo de la televisión que estaba cubriendo ese mismo día la Maratón de Santiago o el Champion de Rodeo en la ciudad de Rancagua. La actividad de todo el día es una convivencia real que, si bien tiene un sentido religioso, es capaz de mantener viva la leyenda que en nuestras raíces muchas veces nos cuesta reconocer.

* El correcto resultado para el proceso creativo se da mediante la sinergia entre normas y azar, donde lo primero otorga una estructura y lo segundo le da vida. En este caso, mi regla es utilizar siempre un objetivo de 50 mm (f1.4), y sus respectivas distancias y focos que este permite.

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