Felicidad de plástico, envuelta con cuidado en un kit de perfección ante estadios repletos de seguidores supuestamente incondicionales. Un rostro que se difunde y edita en cientos de plataformas hambrientas por lucrar. Una persona que deja de serlo para transformarse en el ídolo que el medio usará hasta que otro “producto” le haga competencia u opaque por completo.

La música de Corea del Sur conquista la esfera internacional con paso firme. Sin contar el éxito viral que obtuvo PSY con Gangnam Style –hito que conectó a muchos con este sector del rubro en Asia –, es innegable el auge de algunas bandas K-pop que ganan adeptos a diario como BTS, SHINee, Black Pink, EXO, Twice o Seventeen. La audiencia está abriendo sus horizontes.

El carisma de cada integrante del grupo, la estética cuidada hasta el hastío, las melodías pegajosas, las letras que seducen con el idilio de la juventud y sus interminables batallas y, por sobre todo lo anterior, la conducta irreprochable ajena a los excesos que normalmente se aprecian en el mundo del entretenimiento occidental, son la fórmula de oro para captar público. Y el mayor desafío con el que batalla hoy la industria surcoreana.

Una que se nutre de exigencias imposibles y del acoso que el artista sufre por parte de fanáticos y anti-fanáticos, al punto de quitársele el derecho de llevar una vida corriente como la que tenemos la mayoría de nosotros.

Llegar a los escenarios es más sencillo que lidiar con las presiones fuera de ellos. Pertenecer al estrellato en Corea del Sur es ser devoto a la caricatura que tu productora creó de ti 24/7. Es despertar con la idea de que tendrás que calzarte la imagen endiosada por la que “tus seguidores pagan” y desistir a relaciones amorosas, tardes de tragos con amigos o cualquier actividad que se aleje de la estructurada agenda que rigió tu vida desde que firmaste el contrato.

Es, en síntesis, el miedo que trae el “haber tenido una oportunidad que otros no” y las consecuencias de entregar tu intimidad. Porque cualquier error humano puede ser la perfecta oportunidad para quien quiera arruinarte. Un mínimo escándalo puede terminar con la carrera que construiste con esfuerzo y años de dedicación. Puede significar el rechazo de todos los que alguna vez te apoyaron y la condena que te llevará a dejar la profesión de la noche a la mañana en el más impotente silencio.

El costo de ser idol en Corea del Sur. Fotografía: Yurui

Concierto de Girls’ Generation (SNSD). Fotografía: Yurui

Fuera del escenario

El apoyo del gobierno coreano hacia las empresas culturales, y el consecuente uso del K-pop para generar una corriente de ingresos públicos al país, surgió en gran parte para compensar la crisis financiera a fines de los 90. El K-pop generó, a su vez, conflicto entre los valores tradicionales y los modernos provenientes de occidente.

Para los jóvenes se presentó como la oferta para aferrarse a la utopía de la fama antes que a las profesiones que se habían elegido por generaciones anteriores y que, a pesar de su “prestigio”, no habían hecho surgir al país.

Esta corriente (también conocida como Hallyu) se ha considerado, inclusive, una forma de diplomacia que ayudó a que la percepción internacional de Corea del Sur cambiara de la oprimida, conservadora y dominada por el fantasma de Corea del Norte, a una jovial, dinámica, innovadora y altamente tecnológica.

Aun así, la mayoría de los documentos que hablan sobre este “cambio de aire” del país han sido financiados por el mismo gobierno surcoreano y bien podrían considerarse un método para generar evidencias que justifiquen sus propias políticas a través de los años.

El costo de ser idol en Corea del Sur. Fotografía: Getlostmagazine

Buskers en Hongdae. Fotografía: Get Lost Magazine

Cuando se habla de la identidad de Corea del Sur se suele hacer referencia al estilo de vida cosmopolita y globalizado, donde aparece sin demora la figura del artista “confeccionado”.

La experta en comunicaciones y docente de la Universidad Kwangwoon, Yeran Kim, desarrolla la idea, centrándose en las divisiones de género que crean una estética hecha para influenciar a la nación. La profesora explica cómo se ha establecido un “nacionalismo lolita” en la selección minuciosa de chicas, con el objetivo de presentar una sexualidad “ambigua” e “inocente” que ha sido normalizada en el rubro y que es obligatoria para quien quiera dedicarse a éste. Lo anterior, con el propósito de que los fanáticos se comporten de la misma manera.

En el caso de las agrupaciones masculinas, la historia se repite.

El sistema de talento y la producción en masa de idols determina qué es la belleza y lo que es socialmente aceptado. Asimismo, es la razón por la que miles de jóvenes renuncian a continuar con una educación primaria o secundaria, sacrificando todo por lograr su lugar en la memoria colectiva popular.

Pero esto es un arma de doble filo y la industria vive al límite de pisar su propia cola dentro de un círculo vicioso. Los fanáticos son el contrapeso del poder que goza. Su frente afecta directamente a cómo el K-pop subsiste a diario. Es por lo que grandes sumas de dólares y años de construir un exponente musical están siempre bajo peligro. Basta un rumor o algo que se escape del molde establecido y las pérdidas son casi inevitables. La industria cría y alimenta cuervos.

No es de extrañarse que compañías, organizaciones e instituciones como Samsung y SM Entertainment patrocinen eventos con fanáticos para mantener un lazo estrecho y analítico sobre lo que el público desea. No obstante, saben que no cuentan con una fidelidad auténtica, voluntaria y más cercana como demuestra habitualmente el entusiasta occidental, sino que el tributo a sus idols se maneja por la intervención de la publicidad, las relaciones públicas y la necesidad de encajar en los parámetros sociales.

Tocar fondo

Funeral de Kim Jonghyun. Fotografía: CHOI HYUK/AFP

Funeral de Kim Jonghyun. Fotografía: CHOI HYUK/AFP

La reciente muerte de Kim Jonghyun, vocalista de SHINee, abrió de nuevo el debate sobre cómo la industria somete a una suerte de esclavitud corporativa a los músicos bajo su sombra y el modo en que la depresión se ignora como diagnóstico médico en decenas de casos que se pasan por alto.

El suicidio del artista se suma a otros acontecimientos que cada vez hacen más notorio el abuso de talentos por parte de productoras (algunas más inclementes que otras), que los consideran un bien de consumo que debe regirse bajo una normativa estricta de conductas.

Otras celebridades como Yoochun (JYJ), G-Dragon, T.O.P (BigBang), Onew (SHINee) y Siwon (Super Junior) han recibido la amenaza de sus compatriotas. Aunque parezca insólito para este lado del mundo, la condena de acciones como beber, fumar marihuana o tener citas (hasta la amistad con personas que no son consideradas “correctas”) es capaz de enterrarte.

La vida personal es prácticamente inexistente. Y la principal fuente de esta prohibición es la misma sociedad coreana.

Sin embargo, llegó el momento en que la industria está enfrentada a sí misma y tendrá que decidir si mantiene su status quo o si brindará más espacio de creación y respiro a sus estrellas. Tendrá que escoger entre satisfacer sólo al público nacional o si se adaptará a nuevos consumidores que sí permiten que un humano mantenga sus derechos dentro de lo que la fama soporta, a pesar de la admiración que pueda generar en millones.

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