Al tomar fotografías de personas, es fácil que después de un tiempo esos retratos pierdan su espontaneidad y su personalidad, convirtiéndose en un acto mecánico, como algo que hace la persona que toma la foto de nuestro documento de identidad: nuestra personalidad parece desvanecerse ante la lente, convirtiéndonos en un número.

Justamente ese tedio afectó alguna vez al fotógrafo y artista Chad Pitman, quien desilusionado de la fotografía volvió a la pintura, y entonces encontró una nueva fuente de inspiración escondida en los detalles que casi nunca podemos ver de otras personas; características íntimas que nos hacen únicos e irrepetibles.

“¿Cuántas veces tienes miras de cerca la cintura, el cinturón, las manos, la boca de alguien? Sólo en los momentos más íntimos realmente vas a ver eso. O tal vez en los recuerdos de esos momentos. para mí, estas imágenes son una cápsula de tiempo, son tanto paisajes como personas”.

Con la ayuda de la directora de casting de Los Ángeles, Shay Nielsen, Pitman comenzó a tomar fotografías de nuevo con una cámara analógica, capturando idiosincrasias sobre la piel, en las miradas, en la manera de pararse y hasta en la ropa de sus modelos, encontrando la belleza en los lugares más inesperados del cuerpo humano: en aquellos que sólo la mirada de un amante acaricia.

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Fotografía: Chad Pitman

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