En estos días, ser una persona con presencia en Internet es algo un tanto extraño. Tener una presencia online llena nuestras vidas de noticias, enlaces interesantes, una buena dosis de memes, uno que otro video legendario, y por supuesto, de comentarios. Dependiendo en dónde te desenvuelvas estos pueden ser por lo general agradables y tranquilos pues pertenecen a tu círculo, pero de vez en cuando, vas a sentir que te resbalaste al borde de una alcantarilla para terminar cayendo en una cloaca llena de mierda: gente que insulta, te invita a suicidarte, te llama feminazi (suerte que tenemos las mujeres), o hace cualquier clase de gimnasia lógica para mantenerse en una lucha interminable por tener la razón con otro extraño en Internet.

No de gratis hay una máxima en la web que dice lo siguiente: si te gustó algún contenido, nunca leas los comentarios. No importa si estás en Twitter, en Facebook, en YouTube, en Tumblr o en la sección de comentarios de cualquier website (desde The New York Times hasta Buzzfeed), lo cierto es que siempre es posible encontrarse a algún racista, homófobo, sexista o troll por excelencia con ganas de darle con un palo al nido de avispas como si fuese una piñata.

El fenómeno ha sido tan intenso en los últimos años, que muchos diarios alrededor del mundo ha decidido cerrar las secciones de comentarios porque se han vuelto tan extremos, que no hay moderador que pueda controlarlos. De hecho, este año la emisora pública noruega NRK, por ejemplo, comenzó a probar un sistema que hace que las personas deban respondan una pregunta sobre el artículo antes de que se les permita comentar, asegurando así que cualquier troll potencial esté al menos informado.

La psicología del troll

Un troll en la serie South Park. Imagen: Comedy Central

Un troll en la serie South Park. Imagen: Comedy Central

La verdad es que no se sabe a ciencia cierta por qué los trolls son tan violentos con sus comentarios en Internet. Una de las teorías dominantes dice que muchos se sienten seguros detrás de un seudónimo y de las pantallas de sus computadoras o dispositivos móviles, o al menos lo suficiente como insultar y insultar maldecir con impunidad.

Un estudio realizado este año por las universidades de Cornell y Stanford en Estados Unidos, demostró que todos tenemos el potencial de ser trolls, dependiendo de nuestro estado de ánimo y del tono de otros comentarios. Así lo explica el autor de la investigación, el profesor Jure Leskovec:

“Es una espiral de negatividad. Con tan sólo una persona que haga un comentario ofensivo puede encender la llama, y gracias a la discusión y a las reacciones de los demás, esto puede terminar siendo una cascada de bullying y mal comportamiento. Las malas conversaciones llevan a malas conversaciones. La gente que es criticada siempre viene por más, comentando más y diciendo cosas incluso peores”.

Así que lo mejor que puede hacerse es no darles atención, o como dicen por ahí, alimentarlos. Sin embargo, de un tiempo para acá los trolls no son lobos solitarios escondidos en un sótano mientras comen Cheetos y te gritan insultos: están organizados en hordas.

Con nombre y apellido

Pepe la rana, un meme que se transformó en símbolo de odio durante la campaña presidencial de Trump gracias a 4chan. imagen: SPLCenter

Pepe la rana, un meme que se transformó en símbolo de odio durante la campaña presidencial de Trump gracias a 4chan. imagen: SPLCenter

El ejemplo más perfecto de este fenómeno es 4Chan, una página/foro que comenzó siendo responsable del nacimiento de muchos memes de Internet, y que se ha transformado en el caldo de cultivo de monstruos despreciables: ahora es una esquina oscura de Internet que aviva el racismo y acosa colectivamente a las mujeres online como deporte. Son responsables de hashtags polémicos, de la creación de millones de usuarios falsos en redes sociales y de propagar fake news por Internet: de hecho son considerados uno de los grupos que ayudó a la elección de Trump como presidente.

En una era en la que los principios de extrema derecha parecen tener un preocupante repunte, los trolls a menudo están orgullosos de sus opiniones repugnantes, por lo que a muchos no les importa tener sus nombres, apellidos, lugares de trabajo y detalles personales al alcance de cualquiera en redes sociales. Según explica la experta en engagement con audiencias, Annemarie Dooling, esto responde a la teoría de las normas sociales.

“En Internet, las comunidades cerradas como 4Chan son sus propias sociedades con sus propias normas. Estas normas son aplicadas por trolls que, bajo su propio punto de vista, dicen lo que todos los demás están pensando y lo que cualquier miembro racional de esa sociedad apreciaría”.

Por lo tanto, dado que los trolls creen que actúan en el mejor interés de sus sociedades, un cerdo que envía gifs de violaciones a páginas como Jezebel probablemente se cree igual de correcto como cuando nosotros denunciamos incidentes homofóbicos o racistas, pues cuando haces cumplir lo que crees que es una norma social, nunca estás avergonzado por tu opinión y es poco probable que cambies tu forma de actuar simplemente porque ya no eres anónimo. De hecho, gracias a esta visión es probable que los trolls se vuelvan mucho más agresivos cuando no son anónimos, porque quieren ser reconocidos por ayudar a imponer lo que creen que son normas sociales dignas.

Así que parece que el idiota que deja un comentario tonto en Facebook es inofensivo en comparación con un grupo organizado de  hackers malintencionados que podría revelarle tus detalles personales al mundo luego de alguna discusión de alto perfil en Twitter. ¿Cómo resolver este problema? Nadie lo sabe, en especial cuando un ejército de bots pudieron haber afectado las mismísimas elecciones norteamericanas el año pasado. Para los que vivimos día a día en Internet como ciudadanos de a pie, sólo nos queda respirar profundo, mutear, bloquear y tomar un poco de aire libre en nuestra vida offline.

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